Opinión

Trauma

 
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Trauma.

No hay forma de medir con exactitud la extensión de trauma que cada uno cargamos en la espalda, entendiéndose trauma como los recuerdos dolorosos o zonas grises que nos duelen sin explicación y que inciden en nuestra forma de relacionarnos.

Siempre tenemos 10 años, dijo Cortázar. Todos seguimos siendo esos niños que padecieron alguna forma de sufrimiento: el maltrato físico o emocional, la indiferencia silenciosa, la asignación indeseada del lugar de padre o madre, las crisis financieras, las peleas de los padres, el alcoholismo de la madre, la comunicación confusa, el caos o la ausencia de reglas, los secretos que casi siempre se descubren con dolor.

Hace poco un paciente decía que siempre estaba enojado y no le quedaba muy claro por qué. Había tenido semanas difíciles, de esas llenas de incidentes que amargan un poco la vida: electrodomésticos que se descomponen, una llanta ponchada en medio de la nada, la tarjeta de crédito clonada. En general, este hombre resuelve bien las dificultades ordinarias pero en los últimos días lo inundó un sentimiento de soledad y abandono que lo entristecieron. De pronto recordó que de niño todos les decían que siempre estaba enojado, que nada lo hacía feliz. No pudo acordarse de los detalles, sólo de la crítica de los adultos que lo acompañaron a crecer, que querían ver a un niño sonriente y no pudieron preguntarse por las razones de su enojo. Poco a poco, mientras lo hablaba, recuperó la imagen de una madre sacrificada sometida a los deseos de su padre, siempre protegiéndolo de los niños que hacían ruido y desordenaban la casa. Acercarse al padre era imposible, porque la madre estaba en medio, funcionando como algo parecido a un conmutador: “no le digas, dile hasta mañana, mejor yo se lo digo, dilo con cuidado, no lo hagas enojar”.

El padre apareció en los recuerdos como una imagen autoritaria a quien había que proteger de su propia furia, de la que jamás se hizo responsable. Su mujer y sus hijos lo provocaban, decía, y no se daban cuenta de lo cansado que llegaba a la casa.

En este ambiente de tensión y silencio creció este hombre que todavía parece un niño enojado por no poder decir lo que siente. Ahora es un experto en quedarse callado, en dejar pasar las cosas, en resolverlo todo sin pedir ayuda de nadie, en liquidar vínculos de afecto cuando algo falla. No está dispuesto a sufrir por nada ni por nadie nunca más.

Tampoco quiere que nadie le dé aprobación porque se acostumbró a no recibirla. Jamás (o eso cree recordar) tuvo apoyo para sus sueños.

Nunca nadie le dijo que siguiera adelante con las cosas que le gustaban. Quería ser escritor pero el padre se opuso y le ofreció pagarle una carrera en una universidad privada si estudiaba Economía.

Recuerda cómo desde muy pequeño su madre se quejaba de su carácter como si la forma de ser de un niño de seis años no fuera consecuencia directa de la crianza. Aceptar que fallaron como padres es algo que jamás ocurrirá, por lo que renunció a reparar la relación.

Alguna vez lo intentó, hablar, acercarse, decir cómo se sentía. Se encontró con una pared inamovible: ellos hicieron su mejor esfuerzo y él era un malagradecido.

Optó por alejarse física y emocionalmente y por considerarlos un ejemplo de lo que no quiere en la vida. Le va bastante bien en el ámbito profesional, pero a veces siente el agujero de la soledad. Suele enamorarse como loco en un par de días para después desilusionarse.

Nadie ha sido capaz de entender sus necesidades fluctuantes de cercanía y luego de mucha distancia. Se ha dado cuenta de que no tolera el rechazo ni la indiferencia y si no llega la llamada telefónica o el mensaje, se angustia y piensa que no vale la pena, que no se merece que nadie lo quiera de verdad. Su tendencia a idealizar las relaciones es del mismo tamaño que el déficit de amor y aceptación con el que creció. Mediar entre la dependencia afectiva y la soledad radical es uno de los retos que enfrenta en su proceso terapéutico.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa, así como conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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