Opinión

Tratado asesino

     
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TLCAN

La ofensiva contra el Tratado de Libre Comercio de América del Norte no la inició el actual ocupante de la Casa Blanca, ni se explica sólo por sus caprichos o por su odio hacía los mexicanos.

Los dos finalistas republicanos (Ted Cruz y Donald Trump) y los dos finalistas demócratas (Bernie Sanders y Hillary Clinton) sólo coincidieron en un tema: el desempleo causado por los tratados comerciales firmados por su país. Tanto en la Convención Demócrata como en la Republicana abundaron los cartelones contra el Acuerdo Transpacífico y en ambas hubo discursos que incluyeron la frase “NAFTA kills jobs”.

Lo que resulta desconcertante es que diversos estudios confirman que la liberalización comercial aumentó los puestos de trabajo. Además, Estados Unidos está pasando por una etapa de bajo desempleo.

De hecho, el principal argumento de los cabilderos para convencer a los legisladores americanos de ratificar el TLCAN fue que se multiplicarían las plazas en sus estados y distritos.

¿QUÉ PASÓ ENTONCES?
Hubo muchas circunstancias no previstas, pero también faltó que los tres países hicieran la tarea completa. Se sabía que debía cambiar completamente la lógica de las empresas de satisfacer sin mucha dificultad la demanda del mercado interno, pasarían a enfrentar una durísima competencia afuera. Industrias completas precisarían de una reconversión para sobrevivir. Las plantas obsoletas habrían de ser sustituidas por otras que se manejaran con menos costos y a mayor escala.

Inevitablemente eso desplazaría a miles de trabajadores hacía otros sectores y regiones. A mediano plazo el choque sería absorbido por las nuevas oportunidades abiertas por el incremento en las exportaciones. Poco a poco el mercado laboral se iría ajustando. Al final, los que originalmente se ocupaban en sectores declinantes acabarían en factorías favorecidas por la apertura.

Para que eso fuera posible se requería apoyar a los afectados. Estados Unidos (EU) contaba desde la época de Kennedy con un programa para compensar a los que quedaran cesantes por la eliminación de tarifas (Trade Adjustment Assistance). Sin embargo, no fue sino hasta que China entró a la OMC y se llevó miles de empleos, que se preocuparon y entendieron que, además de asegurar un ingreso y cubrir gastos de reubicación, apremiaba prestar atención al reentrenamiento.

Productores que sólo contaban con educación básica, que habían laborado durante veinte o treinta años en la misma empresa, que sentían contar con una buena chamba, estable y bien pagada, de la noche a la mañana se fueron a la calle.

De nada le sirve a un obrero textil despedido en Mount Airy (North Carolina) enterarse de que en Phoenix (Arizona) hay miles de nuevos puestos en la construcción. Adquirir las habilidades para emparejarse con la sofisticación tecnológica en su sector, o en alguno más prometedor, implica adiestrarse durante un par de años. Incluso al adquirir esas aptitudes, no sería probable que volviera al nivel de ingresos que solía disfrutar, pues tendría que rivalizar con jóvenes universitarios sin mayores pretensiones salariales. Su destino más probable es aceptar labores de tiempo parcial en el sector de servicios.

Así, siendo verdad que el libre comercio impulsó el crecimiento y, en el agregado, no representó una merma significativa en el empleo, también lo es que ocasionó pérdidas personales muy importantes.

El efecto negativo se concentró además en comunidades específicas. Pueblos que crecieron alrededor de una gran firma y cuya economía dependía de ella, prácticamente se acabaron cuando dejó de operar. Es el caso de muchos company towns, construidos junto a las grandes minas carboníferas de los Apalaches o los complejos textiles movidos por energía hidráulica a la vera de los ríos en Georgia, Alabama o Tennessee. Algo similar sucedió en ciudades en las que se aglomeran muchas empresas de la misma rama, por la cercanía de su fuente de materias primas o porque están en un cruce de corredores ferroviarios o fluviales. Por ejemplo, los grandes complejos acereros de Pennsylvania (Pittsburgh y Bethlehem), Ohio (Cleveland y Youngstown) e Indiana (Gary).

Poblaciones enteras entraron en decadencia. No sólo salió perjudicado el despedido, sino también el peluquero que le cortaba el cabello, el mecánico que arreglaba su automóvil o la mesera que le servía la cena. Todos ellos son hoy la base de un movimiento político contrario a los acuerdos comerciales. Si hubieran triunfado Cruz, Sanders o la señora Clinton, igual estarían queriendo revisar el TLCAN.

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