Opinión

Transnacionales
mexicanas, casos de éxito

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Bimbo

Tradicionalmente se analizan los efectos positivos y negativos de la presencia de empresas transnacionales o “empresas globales”, como ahora es políticamente correcto denominarlas, en las economías. En el caso de México, su relevancia es indudable: se estima (no hay información oficial al respecto) que existen cerca de mil 800 corporaciones con algún tipo de capital extranjero, que involucran a 34 mil 500 empresas, y que realizan inversiones por cerca de 25 mil millones de dólares al año (393 mil millones de dólares acumulados entre 2000 y 2015); casi la mitad proveniente de Estados Unidos, seguida por la de los Países Bajos y España, y que se ubica en la industria manufacturera (46 por ciento) y los servicios (43 por ciento, del cual 17 por ciento corresponde al sector financiero-bancario y 8.0 por ciento al comercio). De acuerdo con el Consejo Ejecutivo de Empresas Globales, que agrupa a 42 de las firmas multinacionales más grandes con presencia en México, éstas generan más de 10 por ciento del PIB, 11 por ciento de las exportaciones totales, 500 mil empleos directos y más de 1.5 millones indirectos.

Sin embargo, poco se ha analizado y evaluado la presencia y evolución de las empresas transnacionales con capital mayoritario mexicano. Si se consideran las siete empresas que cotizan en la Bolsa Mexicana de Valores con esas características (Femsa, Gruma, Mexichem, Bimbo, Alfa, GCarso y Cemex), en 2014 éstas realizaron ventas netas totales por casi 88 mil millones de dólares, de las cuales 35 por ciento en promedio correspondió a México y el resto a otros países; las excepciones son Cemex, que en ese año sólo vendió 20 por ciento en nuestro país y, en el otro extremo, GCarso que realizó 84 por ciento de sus ventas al mercado nacional.

En el primer caso, es claro que el mercado mexicano es relativamente pequeño para una empresa del tamaño de la cementera y que su estrategia de expansión –que lo ubica como el tercer grupo más grande del mundo en su ramo— se ha basado en la adquisición de plantas ya existentes en más de 50 países, principalmente en Europa (donde realiza 38 por ciento de las ventas), Estados Unidos (24 por ciento) y América Central y del Sur (14 por ciento). En contraste, Carso se ha internacionalizado y diversificado a partir de la palanca que le dio, y le sigue dando, el poder monopólico en el mercado nacional sobre todo en el ramo de la telefonía; destaca que la mayor parte de sus ventas son México, pero más de 70 por ciento de sus plantas y operaciones se ubican en otros países.

Otras dos multinacionales mexicanas relevantes se ubican en la industria química: Mexichem y Alfa. La primera con 122 plantas en 50 países, lo que implica una gran diversificación geográfica (de hecho, sus ventas son a tercios por continente), y la segunda con 50 plantas en 17 países. Alfa, además de participar en la petroquímica, tiene presencia importante en el sector agroalimentario a través de Sigma Alimentos con operaciones en 13 países.

De hecho, en el sector agroalimentario es en el que la presencia de transnacionales mexicanas es más notable e intensa, a pesar de que en México dicho sector sólo aporta 5.0 por ciento del PIB total. Sin duda, la de mayor relevancia es Grupo Bimbo, que es la empresa de panificación más grande del mundo, con ventas por 14 mil millones de dólares en 2014 fundamentalmente en Norte y Latinoamérica, y 167 plantas en todo el mundo.

En ese ramo, le sigue Gruma con la producción de tortillas, harina de trigo y harina de maíz, y ventas por casi cuatro mil millones de dólares en Estados Unidos, Europa, Centroamérica, Asia y Oceanía; ello sitúa a ese grupo como la transnacional mexicana con mayor presencia geográfica en el mundo. En el sector de bebidas destaca Femsa con ventas por 20 mil millones de dólares en Latinoamérica (70 por ciento del total) y Asia (30 por ciento).

No hay duda de la importancia de la “transnacionalización” de las empresas mexicanas, no sólo por la generación de valor, sino por lo que pueden aportar al país en términos de mejores prácticas, tecnología, responsabilidad social, etcétera. Son aspectos que, en un entorno de pesimismo y enojo, se nos suelen olvidar.

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