Opinión

Transición: hay de pactos a pactos


 
MADRID, España.- Los pactos negociados entre fuerzas políticas se han convertido en el único camino de acuerdos plurales entre diferentes fuerzas políticas, sobre todo en escenarios donde no existe un partido dominante ni una fuerza hegemónica dentro de los propios partidos.
 
La viabilidad de los pactos, de acuerdo con expertos que participaron en la redacción de los Pactos de la Moncloa, radica en la voluntad para el cambio, en la coincidencia de intereses de la coalición dominante en cada partido y sobre todo en la dirección de los cambios pactados.
 
El Pacto por México fue la gran oportunidad para encauzar las posibilidades de las reformas pero nació de un vicio de origen: delineó agendas legislativas pero fue suscrito por las direcciones nacionales de los partidos excluyendo a los legisladores. La crisis en el PAN y en el PRD -con la iniciativa de reforma de régimen político mucho más avanzada que la reforma procedimental del Pacto por México- ilustró las flacas posibilidades del acuerdo palaciego.
 
El Pacto por México todavía podría convertirse en la centralidad de los acuerdos de reformas, pero a condición de incorporar activamente a los legisladores que tendrán que votar las reformas en el Congreso. La crisis en el PAN entre la dirección nacional y la mayoría de la bancada en el Senado indicaría el dato del fracaso del Pacto, aunque no por su contenido o alcance sino por la mala gestión del liderazgo político de Gustavo Madero como presidente nacional del partido.
 
Los Pactos de la Moncloa fueron supervisados directamente por el presidente Suárez y encargados para su redacción al comunista Ramón Tamames, pero con la decisión de construir ahí la transición del régimen franquista. El régimen parlamentario facilitó el hecho de que los jefes de los partidos eran también los coordinadores parlamentarios de las bancadas, aunque en regímenes presidencialistas sólo habría un escalón más de negociación.
 
El Pacto por México hasta ahora no ha representado una transición de régimen sino una consolidación de márgenes de maniobra del sistema presidencialista priista, aunque en un régimen con autonomía relativa de las bancadas legislativas. Por tanto, el alcance de sus objetivos es limitado. Sin embargo, el país se encuentra atorado entre un viejo régimen que aún no muere y uno nuevo que carece de valentía para expresarse.
 
La experiencia del Pacto por México rebasó los alcances de iniciativas de reformas políticas y reformas del Estado del pasado, pero podría hundirse en el enredo de los conflictos de los partidos con sus bancadas legislativas. Con ello, las posibilidades de las reformas quedarán también acotadas paradójicamente por procedimientos del viejo régimen en cuando a definición de objetivos.
 
El problema del Pacto por México radica en la forma de entendimiento y en los mecanismos de aprobación de las reformas. Si los legisladores participaran, las iniciativas llegarían planchadas. Pero el PAN y el PRD han cometido el error estratégico de convertir al Pacto en rehén de su propio fracaso electoral, sin entender que a la larga las reformas estarían de alguna manera modificando en algo las estructuras del viejo Estado priista, y todo por elecciones que -salvo la gubernatura de Baja California- en nada cambiarán la distribución actual del poder político regional.
 
Si el mecanismo de acuerdos previos es el más adecuado para plantear las reformas, entonces el presidente de la república tendría la posibilidad de relanzar el Pacto con los actores legislativos e inclusive reorganizar las reformas para ir más allá de las reformas procedimentales o llegar a las reformas de régimen político. Se trataría de convertir en Pacto por México en los Pactos mexicanos de la Moncloa para la transición.
 
 
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