Opinión

Tortugas mutantes

Sin duda es la resurrección más rara del cine. Tras más de veinte años de haber aparecido en pantalla como unas jocosas botargas adolescentes, ahora con la tecnología de punta que permite crear rostros de todo tipo logrando calidades de animación casi hiperrealistas; cosas antes imposibles como la expresión de los ojos y un rostro flexible en su antropomorfismo. La celebración de los tres decenios desde que surgieron como un cómic en blanco y negro, las Tortugas ninjas (2014, Jonathan Liebesman) es un festín visual sobre los personajes para el noveno arte más extraños jamás vistos, en su origen protagonistas de una simple sátira que se convirtió en codiciado objeto de culto gracias a la desmesurada imaginación de sus creadores Peter Laird y Kevin Eastman.

Un festín visual que combina diversos grados de humor absurdo con una trama de mutaciones que parece burlarse de todo el universo Marvel. En el fondo, film autoirrisorio que jamás se toma en serio, pone al día la leyenda de unas tortugas que sufrieron una serie de mutaciones y poseen en su sangre un potente antídoto contra todo tipo de envenenamientos.

Este festín visual que se concibe con encuadres que se mueven a 250 kilómetros por hora con interminables situaciones jaladas de los pelos, pretende no sólo humanizar a las diversas personalidades adolescentes que representa cada tortuga con nombre de pintor renacentista: Michelangelo, Leonardo, Donatello y Rafael, educados por una rata también mutante, el sensei Splinter (nombre asimismo inspirado en otro pintor renacentista, Giovanni di Ser Giovanni, el Scheggia; el Astilla [1406-86]). Pretende, pues, convertir en verosímiles a los personajes explicando profusamente la complejidad de su origen y las razones de su alteración genética. Sobre todo, a lo que aspira es a sublimar esa familia mutante entre cuatro tortugas y una rata que aprenden a convivir y sobrevivir gracias al ejemplo humano aprendido del difunto Dr. O’Neil (Paul Fitzgerald) y de su salvadora hija April (Megan Fox).

Mitología de la mutación extrema, el film de Liebesman se parece mucho a otros similares basados en los cómics del momento; en esta ola de diversos personajes que son una y la misma cosa. Sólo que la mutación del film no está en los efectos especiales ya muy vistos sino en la exageración de las acciones y en su trazado gráfico. Particularmente en su presentación como telón de fondo para el exceso emocional y hormonal de los personajes, que pueden deslizarse por todo el encuadre en pos de un chiste verbal o físico.

En realidad su humorismo desquiciado francamente adolescente (que incluye la suma de todos los gags en ese paseo en elevador para tratar de salvar la ciudad de Nueva York), permite a su vez crear sus contrapartes humanas con tintes realistas en su obsesión por obtener la noticia, en sus relaciones cotidianas, en su búsqueda de lo insólito que hay que revelar/ocultar y en la obtención de una familia tan artificial como el conjunto del film mismo, pero a la vez tan vital como su cinismo de asumirse como cinta ciento por ciento fantasiosa hecha para el único fin de un esparcimiento sin mayor pretensión ni profundidad que la carcajada desquiciada y el vértigo en todo tipo de acciones.

De la era de las botargas de la trilogía fílmica producida hace casi un cuarto de siglo a la actual sobresaturada de la misma temática, del mismo estilo visual, del mismo concepto de personajes, de la misma tecnología que hace asequible hasta lo aún inimaginado; de esa era al presente, podría existir un desfase hacia personajes que pueden considerarse profundamente pueriles. Pero no. Son el complemento de todo un universo del cine pop donde lo fundamental es que cada serie de personajes genere su propio microcosmos de cintas que se producirán como segunda, tercera, cuarta parte. Tal cual lo exige el canon contemporáneo.