Opinión

Tolerancias e intolerancias

08 mayo 2013 14:52

 
La organizadora del teatro campesino me llamó, entusiasmada, para decirme si podía enviar a un reportero para cubrir la actividad donde decenas de indígenas participarían en la representación. En los meros altos de Chiapas. El estado anfitrión se encargaría de los costos del transporte, las comidas y la estancia. Yo ya había estado en alguna ocasión, en Tabasco. El recorrido fue fantástico y no menos interesante la puesta en escena, así que llamé a uno de los reporteros, que en ese momento estaba desocupado, para plantearle el asunto, luego de lo cual, fascinado en oír mi experiencia, aceptó el reto.
 
Saldría al siguiente día para retornar 48 horas después.
 
Pero, justo cuando debía estar abordando el avión, lo miré entrar a la redacción como si no estuviera faltando a ningún compromiso, como niño olvidado de una cita a la que no quería asistir.
 
Me acerqué a él para preguntarle la razón de su presencia en el periódico, lo que me significaba su ausencia en un importante acto cultural.
 
Se alzó de hombros.
 
—Decidí mejor no ir —dijo, sin recato alguno— cuando me dijeron que pasaría la noche no en un hotel sino en la sierra...
 
Yo lo oía, descorazonado.
 
—¿Cómo voy a bañarme, entonces? ¿En el río, en una choza, sin aire acondicionado? —me preguntó, y yo lo veía no dando crédito a sus palabras—. ¿Qué clase de invitaciones son ésas?
 
Y dio por terminado su discurso.
 
No era un buen reportero, por supuesto, de modo que poco después, por otro asunto bochornoso, le pedí que abandonara la redacción, que no volviera más, que se dedicara a otra cosa, que fuera secretario de ocho horas para no salir a ninguna parte que lo incomodara... cosa que hizo posteriormente, muy a gusto, como se verá más adelante/
 
¿Y cuál era esa otra circunstancia vergonzosa, perdón?
 
Paso a contársela, ingeniero, cómo no, aunque yo dije “asunto bochornoso”, no “circunstancia vergonzosa”, que una cosa no es lo mismo que la otra/
 
—Pruritos del lenguaje a volar, licenciado...
 
Bueno, resulta que el periodista sufrió un asalto en su departamento, del cual con fortuna salió ileso (porque no se hallaba en él mientras los ladrones hurtaban lo que no era suyo), mas irritado/
 
—Es obvio, licenciado, que los ladrones roban lo que no es suyo; si no, no serían ladrones. Duele su inconstante verbo, caray.
 
Los cleptómanos, ingeniero, se apropian de lo que no es suyo y, sin embargo, no son ladrones. En fin. Cuando me contó telefónicamente sobre el asalto sufrido, le dije que en lo que pudiera ayudarle con gusto lo haría. Por lo pronto, aduje, tómate unos días para recuperarte del espanto.
 
Y los días fueron pasando lentamente, tan lentamente que perdí la cuenta de los dichosos días en que se ausentó de la redacción. Sólo lo veía en las escaleras del periódico cuando se asomaba, sigiloso, a la empresa para cobrar su quincena, porque entonces no se inventaba esta cuestión del depósito bancario.
 
Hasta que un día, por teléfono —ya que me era imposible verlo en persona— le dije que su espacio lucía pavorosamente vacío en la sección por su prolongada, y ahora inexplicable, ausencia. Y lo que oí en respuesta me dejó, sencillamente, atónito. Me dijo el reportero que, dado que el asalto lo había mandado a la lona de la depresión, sólo volvía si yo le pagaba una cantidad aproximada a los cien mil pesos.
 
—Pero si yo no planeé el asalto —le dije, turbado.
 
Sin embargo, me respondió que sí trabajaba para mí, y, por lo tanto, yo era el responsable de su estado anímico, que era, en ese momento, según acotó, deplorable.
 
—Así que me das el dinero o no retorno —sentenció.
 
No regresó, porque le pedí que ya no lo hiciera.
 
¿Para qué quiere un editor un reportero con esas mañas?
 
Pero como, gracias a su trabajo en esta sección, ya se había contactado con numerosos intelectuales, Elena Poniatowska, meses después, lo acogió en su seno como secretario particular, periodo durante el cual, antes de darlo irremediablemente de baja (creo que finalmente la escritora se percató de los tamaños de sus argucias)/
 
—Del reportero, no de ella, ¿cierto, licenciado?
 
Es evidente, ingeniero. En la frase puede percibirse la intención. Por favor, no me interrumpa. Periodo durante el cual, decía, este reportero publicó un libro en la colección “Periodismo Cultural”, que edita el Conaculta, reuniendo distintas —todas ellas buenas— entrevistas que yo le había publicado en EL FINANCIERO, con un prólogo —bonito, exaltador, simpático— que le escribió la que entonces fungía como su patrona: la autora de La noche de Tlatelolco, en donde, basada en las mentiras que le había proferido su secretario, no me bajaba de intolerante.
 
El texto de Poniatowska me pareció injusto, y así lo escribí en su momento, recibiendo a cambio un ofensivo silencio de su parte, jamás desdiciéndose de las mezquindades que había vertido en ese prólogo, cosa que —a decir verdad— tampoco me sorprende, ya que el núcleo de la intelectualidad cupular sólo se contesta a sí mismo, nunca a los que no pertenecen a su club... y yo, por supuesto, no soy un agremiado de su círculo, lo que no quiere decir que toda esa estirpe literaria no tenga un lugar en estas páginas/
 
—La intolerancia creada a partir de la tolerancia, entonces.
 
Eso me parece, a menos que usted salga con otros pruritos irreconciliables.
 
—Lo supremo sería lo contrario: el nacimiento de la tolerancia a partir de la intolerancia.
 
Aunque en ese extremo la tolerancia fuera sometimiento, me parece.