Opinión

Todos y en todo

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pobreza

Todos dicen que el principal problema de México es la corrupción. Pero no todos piensan lo mismo cuando se refieren a ese flagelo, ni mucho menos tienen ideas similares de cómo enfrentarlo. Estoy convencido de que la corrupción no es sino un caso especial de la falta de legalidad, y ésta es resultado de la incapacidad que tenemos de considerarnos todos como iguales.

Insistiré en que la desigualdad económica que caracteriza a América Latina es otro efecto de la sociedad estamentada que mantuvimos gracias a la Independencia. Por lo mismo, no se va a resolver utilizando herramientas económicas. Si usted se pregunta por qué somos el continente más desigual y violento, la respuesta, estoy convencido, es que nosotros no hemos aceptado el mito fundacional de la modernidad:
no queremos ser todos iguales. Y no crea que esto es nada más una elite que se impone al resto, es un fenómeno que atraviesa toda la sociedad. Cada uno aplasta al prójimo, discrimina al vecino, abusa de quien puede. En la cúspide, los privilegios sólo son comparables con los de la aristocracia de la antigüedad. Ya usted sabe que ése ha sido un rasgo muy llamativo para los europeos: se maravillan de ver acá lo que ellos dejaron atrás hace cinco siglos.

Si tengo razón, entonces el camino para enfrentar nuestros problemas es la construcción de esa igualdad. Y eso se logra con educación y con reforzamiento. Es decir que necesitamos educar a los niños y niñas en el respeto a los demás, la aplicación de reglas generales, la aceptación de la incertidumbre, pero también necesitamos reforzar esas actitudes en ellos y en sus mayores. De poco sirve la escuela, si en la familia se mantienen las viejas actitudes. Y la forma de lograr este reforzamiento no es otra que contar con leyes que sirvan, y aplicarlas. Hoy no tenemos ninguna de las dos.

Aunque hemos avanzado bastante en los últimos 15 años en el mejoramiento de las leyes y en la independencia del Poder Judicial, nos falta mucho, y a este ritmo no vamos a acabar nunca. Como ya se ha documentado, no contamos con suficientes jueces ni con mecanismos eficientes de impartición y administración de justicia. Hay evidencia contundente de incapacidad en la procuración de la misma. Urge la Fiscalía autónoma, con recursos suficientes, por poner un ejemplo concreto.

Pero de nada servirá el mejoramiento de esos organismos e instituciones si no empezamos por lo fundamental: igualdad. Si hay trato diferenciado, no hay sistema judicial que sirva. Y acá tenemos un trato diferenciado en todo: en la escuela, en la calle, en los comercios, en los negocios, en el trabajo, en todo. Entonces, la solución no es difícil de describir: igualdad. Ante la ley, ante la sociedad, y como resultado, en la política y la economía. La democracia y el crecimiento económico que ocurren en Europa a partir de fines del siglo XVIII tienen detrás 300 años de construcción de una sociedad de iguales. Acá queremos hacerlo al revés: que el crecimiento y la democracia nos hagan iguales. Eso no ocurrirá nunca.

Para tener un país democrático y competitivo, es necesario tener una sociedad de iguales. Reglas claras, aplicables a todos. Como ocurre con el alcoholímetro en el DF, por ejemplo. Y por todos me refiero a los juniors de millonarios y políticos lo mismo que a maestros, normalistas y luchadores sociales. A todos, y en todos los casos: filas, tránsito, trámites, corrupción.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter:
@macariomx

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