Opinión

Todos somos iguales

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[Arturo Monroy] Ildefonso Guajardo indica que no se actuó con rapidez en materia de competencia económica. 

Ayer le decía que detrás de la desigualdad económica hay una diferenciación social. Esta afirmación no es generalmente aceptada entre quienes se dedican a las ciencias sociales, que creen que la economía es lo que explica al resto de los fenómenos de la sociedad. En buena medida, se trata de una mala idea de Marx que se convirtió en creencia generalizada, sin comprobación alguna.

Ciertamente, probar causalidad es algo muy complicado (y hay filósofos que afirman que es imposible), por lo que hubiese sido mejor mantener una mente abierta a diferentes relaciones causa-efecto entre economía, política y sociedad. No fue así, y hoy sigue siendo hegemónica la idea de que la estructura económica determina lo demás.

Pero me parece que hay mucha evidencia de que esto no es así. Por ejemplo, la primera gran revolución, la agricultura, ocurre después de que hay un cambio en la forma de relacionarse de los humanos que permite el establecimiento de sociedades sedentarias. No es que la agricultura haya dado como resultado este tipo de sociedades, sino al revés. Lo mismo con la revolución que Marx estudiaba, el capitalismo.

No es que primero haya cambiado la forma de producir y luego la forma de pensar. La gran transformación social inicia en 1517, se afianza en la construcción de Países Bajos en el siglo XVII, se traslada a Reino Unido con la Revolución Gloriosa, y 100 años después cuaja en lo que llamaríamos Revolución Industrial.

El origen de la época actual, de los 200 años de crecimiento y democracia en expansión en el mundo, son esos 300 años en los que se sentaron las bases de estos dos fenómenos que ahora todos queremos. Y la base fundamental de ellos es el gran mito liberal: todos somos iguales. El crecimiento económico depende del funcionamiento de un mercado al que todos pueden llegar, vender y comprar a su antojo. Esa libertad prácticamente no existe sino a partir del siglo XIX.

La democracia depende de que cualquiera pueda aspirar a cualquier puesto, y que todos elijan con exactamente el mismo peso: un voto.
Así pues, es la creación del mito de la igualdad general lo que nos ha permitido estos dos siglos espectaculares. Pero no en todo el mundo esta creencia ha avanzado igual, y en donde no lo ha logrado, la desigualdad económica lo refleja. Nosotros, por ejemplo.

Hace algunos años acompañé a mi hija a un evento de cierre de una cruzada de alfabetización en que ella participaba, en Michoacán. Después del evento, los alumnos, adultos que habían empezado a leer en esos días, ofrecían una comida a sus maestros, los jóvenes de la cruzada. Fuimos a casa de la única señora del pueblo que recibía Oportunidades, por su pobreza. En la charla, hablando de un viaje reciente a Pátzcuaro, la señora dijo: “es que esos son de plano indios…” No lo decía de broma, ni como descripción. Lo acompañó con un gesto despectivo. Mucho más llamativo considerando los rasgos de la señora.

Despreciar a otros, considerarlos inferiores, hace imposible contar con plena democracia y con una economía exitosa. Es en ese sentido que la igualdad y el crecimiento van de la mano. Pero si la diferenciación es tan importante como para que una indígena pobre discrimine a otros con sus mismas características, no hay plan económico que funcione.

Y si considerar a otros diferentes es dañino, atacarlos por sus diferencias es despreciable. Sin ambages, me sumo a Federico Reyes Heroles, en el abrazo a nuestro amigo Ezra Shabot y a la comunidad judía en México. #TodosSomosEzra.

Twitter: @macariomx

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