Opinión

¿Todos somos Francia?

La multitudinaria marcha del fin de semana en París y otras veinte ciudades francesas, desplazó según las cifras oficiales a más de un millón y medio de personas. Una manifestación portentosa no sólo por su volumen, sino más por la fuerza de su mensaje y por la pluralidad de las voces, porque en las protestas aparecieron todos los credos religiosos en un poderoso llamado a la paz, a la libertad, a la tolerancia y en contra del terrorismo.

Hasta ahí, el mensaje del presidente Hollande “Paris es hoy la capital del mundo”, parecía construir esta especie de consenso universal a favor de estos valores. Nadie quiere al terrorismo, todos rechazan los ataques en contra de la libertad de expresión –donde quiera que se presenten–, y especialmente en Francia se defiende la tolerancia cultural y religiosa.

Pero lo cierto es que no todos en Francia están de acuerdo con ello. Múltiples comunidades islámicas al interior de Francia rechazaron el “Je suis Charlie” en referencia al semanario satírico víctima de los ataques en contra de los caricaturistas. Corrieron en redes sociales mensajes contrarios e incluso alarmantes como el “Je suis Kouachi” en franca identificación con los hermanos musulmanes autores de los ataques.
Francia ofrece al mundo una fotografía de sensible fractura al interior de su población. Hay múltiples estudios que señalan la transformación demográfica de París inicialmente, y después de muchas provincias, con el aumento de población proveniente de sus antiguas colonias africanas o en el Pacífico, y más recientemente, de población de práctica islámica.

Una vez más aparece el tema de que los extremistas dentro del islam son una minoría y que no todos los musulmanes y seguidores de Mahoma son activos radicales capaces de atentados. Pero lo cierto es que esa comunidad se siente amenazada, perseguida, señalada y no sólo al interior de Francia. Varios países occidentales han contribuido a construir esta visión de irracionales fanáticos de una fe mal comprendida o manipulada, que se inmolan en atentados contra instituciones, gobiernos, población civil o medios de comunicación. Y no es un invento: son reales, ahí están los trágicos 12 muertos del semanario francés. Pero ¿existe un acto de provocación?

Buena parte de los franceses y de muchos ciudadanos en el mundo gritaron el sábado basta a la intolerancia, a la segregación, no viviremos bajo la amenaza terrorista. Pero muchos ciudadanos franceses practicantes del islam se sintieron ofendidos, agraviados, humillados por las constantes publicaciones de un semanario que se burla de su profeta. En la edición de esta semana –después de los asesinatos–Charlie Hebdo publica en portada otra caricatura de Mahoma con el letrero por excelencia de la protesta: “Je suis Charlie” (Yo soy Charlie). Una respuesta franca y abierta a los atacantes: “nada nos detendrá”.

Ahí es cuando inevitablemente entramos a un debate más profundo: la libertad de expresión se traduce también –como en las miles de cosas o significados que se le asignan– en ¿burlarse de una creencia religiosa?, ¿debe interpretarse como válido el hacer mofa pública y abierta de una figura religiosa? ¿aunque esto ofenda, lastime, humille a una comunidad de creyentes?

No cabe como respuesta afirmar que el semanario atacado también se ha burlado del catolicismo con caricaturas de Jesucristo o fotos del Papa. Es igualmente ofensivo para los católicos, sólo que éstos no ponen bombas –pero quemaron a miles en la hoguera en toda Europa y América durante la Inquisición.

La libertad de expresión no puede significar ejercer actos que vulneren la dignidad de otras personas y que atropellen sus derechos, creencias, principios.

Twitter: @LKourchenko