Opinión

Todo puede salir mal

    
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Neurosis

Casi nadie ubica con exactitud el punto en el tiempo cuando se convirtió en insufrible. Muchas veces llega, en mi experiencia, con la solvencia financiera y la sensación de poder y autonomía asociadas. Quizá también después de algunos éxitos personales o de viajes y vivencias que nos hacen creer que ya somos hombres o mujeres de mundo y que lo hemos visto casi todo.

Una de las formas de la neurosis que más daña a quien la padece y a quienes le rodean, es vivir pensando que todo debe funcionar bien. La amplitud mental o capacidad de ser flexible parece impracticable para algunas personas, que describen en sesión terapéutica –la mayoría de las veces con vergüenza– que han perdido los estribos por una nadería: porque no había agua caliente en la mañana cuando tenían 15 minutos para salir a la oficina, porque el mesero insistió imprudente en llevarse el plato de la mesa sin que hubieran terminado, porque alguien los rebasó por la derecha con la mayor desconsideración, porque llovió, porque hizo demasiado calor, porque se perdieron intentando encontrar una dirección, porque cuando menos dinero tenían, surgieron imprevistos que les provocaron una pequeña taquicardia, porque sus parejas no practicaron lo suficiente la adivinación del pensamiento y casi nunca saben lo que sienten. Porque no había lugar en un restaurante, porque un hijo reprobó tres materias en el bimestre. Porque a veces parece que la vida conspira en su contra y nada de lo que quieren ocurre.

Gregory Bateson, luminoso antropólogo social, insistió en la importancia de los contrastes y de las distinciones para aumentar el conocimiento y para vivir una existencia más interesante. Si las cosas siempre fueran iguales, todos los planes exitosos, jamás los deseos frustrados, sólo días apacibles y fluidos, terminaríamos por cansarnos. Si no pudiéramos hacer distinciones entre días buenos y malos, entre relaciones prescindibles de vínculos esenciales, entre prioridades y frivolidad, no habría que esforzarse ni estar atentos para acometer la vida y el piloto automático sería suficiente.

La impaciencia, la intolerancia y la soberbia de creer que podemos controlarlo todo y a todos los que nos rodean, es en el fondo incapacidad adaptativa y el triunfo de las manías.

Tina Fey escribió en 2011 que se sentía como una malabarista torpe frente a su vida porque siempre estaba al límite de sus capacidades; que se equivocaba frecuentemente; que no podía ni de risa salir triunfante de todos los retos.

Fey nos enseñó con su confesión, que las mayores frustraciones son propiedad de aquellos que aspiran a que todo funcione.

Los neuróticos que no conciben el error son en el fondo optimistas recalcitrantes.

“El poder del pensamiento positivo” fue escrito por Norman Vincent Peale en 1952 y vendió 5 millones de copias en el mundo. Quizá el legado que Peale nos dejó sea una tendencia irreflexiva a creer que pensando positivamente todo saldrá bien. Esta forma de pensamiento es con frecuencia, una fuente de ansiedad mayor que prepararse para que todo salga mal: el pesimismo defensivo (término acuñado por Julie Norem en el 2002) propone que imaginarse y planear considerando los peores escenarios posibles, puede ser mucho más útil que pensar positivamente.

La vida es caótica, incontrolable e impredecible. Entenderlo puede ser útil en lo práctico y también en lo afectivo. El grado de decepción se aminora entre aquellos que deciden aceptar que todo puede salir mal y que están preparados cuando llegan las adversidades.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag


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