Opinión

TLCAN, colgado de reforma fiscal

    
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TLCAN

En su corta trayectoria como presidente, Donald Trump se ha revelado como un gran destructor. Se comprometió con su base a secar el pantano de corrupción de Washington y acabar con los funestos acuerdos que sus predecesores en la Casa Blanca habían realizado. En especial ha arremetido con furia contra las reformas y acuerdos internacionales de su predecesor, Barack Obama.

El primer acuerdo que hundió fue el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP por sus siglas en inglés), el acuerdo más importante comercial de Obama y probablemente de las últimas décadas. El logro social más importante de Obama, la reforma de salud, ha sido desmadejada y arrojada a manos del Congreso para que intente algo improbable: dar coherencia al sistema de salud más caro del mundo. Y este mes atacó brutalmente el legado más importante de Obama en seguridad nacional, el acuerdo nuclear con Irán y los cinco miembros de Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania. Trump no otorgó la certificación trimestral al acuerdo y dejó en manos del Congreso buscar alternativas para reimponer sanciones económicas a Irán.

Si claramente el TLCAN está en su mira, ¿Por qué había que prevalecer? ¿Cómo es que no se lo ha despachado? Trump dista mucho de ser un ideólogo. Es un pragmático sin escrúpulos con un objetivo central: ganar todas sus peleas, pírricas o importantes. Sin embargo, tiene pocas ideas fijas y una de éstas es el nacionalismo económico. Está convencido de que México saca ventaja con el TLCAN por lo que mantenemos un superávit comercial de 62 mil millones de dólares.

El canciller Luis Videgaray ha encontrado un camino hacia la Casa Blanca nada despreciable, el yerno Jared Kushner y aparentemente también tiene una relación cercana con Gary Cohn, el jefe de la oficina de asesores económicos y el proglobalización de la Casa Blanca. También la diplomacia mexicana, con gran empuje de los empresarios, está cabildeando en Washington y en distintos centros de poder de Estados Unidos. En especial se ha intentado despertar a los aliados naturales de México, como la Cámara de Comercio de Estados Unidos, la cual está jugando fuerte por salvar al TLCAN.

Sin embargo, para el déspota Trump, todo eso es insuficiente.

El hilo del que pende el TLCAN es la reforma fiscal. Lograr bajar los impuestos es el gran litmus test de Trump presidente. Si no lo logra, será un fracasado. La mayoría de los republicanos del Congreso, no obstante, algunas bajas importantes, lo sigue apoyando. Y lo respaldan legisladores muy poderosos, como el vocero de la Cámara Baja, Paul Ryan (R-Wisconsin), porque lo ven como su ariete para lograr su añorada reforma fiscal.

Si no logra la reforma fiscal llegará con las manos vacías, y muchos platos rotos, a la elección de medio término de 2018. Los demócratas capturarán la mayoría y el escenario de impeachment tomaría relevancia.

El cálculo de Trump es que los aliados empresariales del TLCAN —las grandes empresas transnacionales y las agrupaciones como la Cámara de Comercio—, pueden ser aliados relevantes en su búsqueda de la reforma fiscal.

La renegociación del TLCAN ya se alargó. La decisión de los negociadores mexicanos y canadienses durante la reciente ronda de negociación ha sido la adecuada —patear el bote hacia adelante—. Si Washington quiere acabar con el TLCAN, que lo haga y que cargue con el costo. No había otra salida. En las cuatro rondas de negociaciones, la delegación de Estados Unidos no hizo más que detonar bombas proteccionistas.

Los negociadores mexicanos están apostando a la alta volatilidad de los tiempos de Trump en que todo puede pasar. Sin embargo, se avizoran tres escenarios.

1. Alta posibilidad. Fracasa la reforma fiscal. Trump no tiene el temperamento para construir una coalición de intereses que haga que una reforma arduamente compleja sea aprobada por el capitolio. Un Trump enojado arremete contra los empresarios y grupos pro-TLCAN y desconoce lo tratado.

2. Intermedia. En cualquier noche o madrugada mala, Trump tuitea y adiós TLCAN.

3. Baja posibilidad. Se arma la coalición para la reforma fiscal y se reconoce la ayuda de los grupos pro-TLCAN. Como el comercio con México y Canadá tiene un minúsculo peso simbólico en relación a una quita de impuestos, se salva el Tratado.

Más allá de la dilación, la respuesta contundente de México es el plan B. Es altamente probable que el TLCAN sea cosa del pasado. Con Trump no vamos a ningún lado. Es un ejecutivo con una mano muy pesada para destruir lo más valioso de su país.

Twitter: @RafaelFdeC

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