Opinión

Tirando dinero

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Dinero

Abundan los ejemplos de malas inversiones, especialmente del gobierno, pero también de las empresas. La diferencia es que si las empresas invierten mal, pierden su dinero. Si lo hace el gobierno, el dinero que se pierde es de todos nosotros. Si ocurre, como ha sido frecuente en América Latina, que las empresas que pierden las rescata el gobierno, también se pierde nuestro dinero. Por eso el gobierno no debe rescatar empresas, sino en casos muy especiales. Por cierto, uno de ellos es el sistema financiero, pero otro día lo platicamos.

En América Latina tuvimos un auge de inversión en los años 60 y 70. En la primera década, financiado con los recursos que teníamos; en la segunda, con créditos internacionales, que fueron los que tuvimos que pagar en los años ochenta, y por eso la “década perdida”. Las inversiones todavía pueden verse en muchos países: multifamiliares, ciudades populares, fábricas gubernamentales, y no pocos monumentos faraónicos. Los multifamiliares y ciudades nuevas son ahora zonas muy complicadas, en muchos casos de autogestión, porque aunque muchas de las inversiones originales no fueron malas, jamás se acordaron de que se requiere mantenimiento. Las fábricas gubernamentales nunca sirvieron, y tuvieron que venderse en los años ochenta, baratas, para medio salvar las finanzas. De ahí la mala fama de la “privatización”.

Algunos países asiáticos y africanos hicieron lo mismo que nosotros, como Egipto, Turquía o India, con resultados similares. También esos países tenían gobiernos autoritarios, nacionalistas, y no muy honrados. En Japón, en cambio, las inversiones las hizo la iniciativa privada, y el resultado fue menos malo: se invirtió en empresas que pudieran vender fuera, y cuando esto tuvo éxito, se invirtió en lo mismo que hace el gobierno: calles, edificios, y todo se descompuso. Japón tiene ciudades enteras construidas a inicios de los ochenta que jamás fueron habitadas. Todo lo que ahí se construyó no sirvió de nada, y por eso Japón lleva más de 25 años sin crecer. El estancamiento ocurrió cuando su nivel de vida era alto, de forma que tampoco es una tragedia, pero sigue siendo estancamiento. Algo similar le ocurrió a Corea a fines de los noventa, y paulatinamente ha caído su crecimiento.

El caso más reciente es China, que combina las dos características. Invirtieron en empresas para poder vender fuera, pero las decisiones las tomó el gobierno, a través de empresas propias, financiadas por bancos del gobierno. El resultado no puede ser otro: billones de dólares en edificios que no están ocupados, en carreteras que no se usan, en aeropuertos casi vacíos, en trenes que nadie necesita. Cuando todo eso se construía, contaba para el PIB, de forma que había un crecimiento continuo. Ahora no sirven de nada, y cada dólar adicional que se invierte sirve cada vez menos, de forma que el crecimiento chino ha terminado.

Pero cuando uno iba a visitar China, especialmente durante los últimos ocho años, la vista era espectacular: aeropuertos con más de un centenar de puertas de abordaje… con tres aviones. Decenas de edificios de apartamentos de mas de sesenta pisos, casi todos vacíos, y miles de personas viviendo en las cercanías, en cuartos redondos. Un tren rápido en Shanghái, del aeropuerto a ninguna parte.

Invertir suena bonito porque crece la demanda de inmediato, y parece que la oferta crecerá en el futuro. Para los políticos, es ideal, porque para cuando la oferta se requiera, ellos ya no van a estar. A lo mejor con esta explicación es más claro lo que ha pasado con Pemex, aunque no sea el único caso trágico.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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