Opinión

'The Crown', el principio del final

 
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THE CROWN. (YouTube)

Las reinas están de moda. Sólo este año, ITV estrenó Victoria, dedicada al ascenso al trono de la homónima monarca, mientras que Netflix hizo lo propio con The Crown, creada por Peter Morgan, quien ya antes había abordado a la Reina Isabel II en The Queen. Quizás debemos culpar al Brexit por el súbito interés en la monarquía británica. Cuando la identidad misma de Gran Bretaña está en jaque, hay algo nostálgico y reconfortante en volver a esos años de posguerra en los que, pese a las dificultades que enfrentaba el Reino Unido, Winston Churchill y no Theresa May habitaba en el 10 de Downing Street.

Por lo menos durante los primeros capítulos, The Crown es casi color de rosa, y sus conflictos no desentonarían en Downton Abbey, otra serie cuya popularidad se ancló en la nostalgia por un pasado más elegante y educado. Con la muerte del rey Jorge VI (Jared Harris), Isabel (Claire Foy), su hija mayor, se ve obligada a ascender al trono. Joven e inexperta, la nueva reina debe contender con Churchill (John Lithgow), un primer ministro cada vez más lejos de encarnar al líder que fue y obsesionado con mantenerse en el poder; con Philip (Matt Smith), un príncipe consorte incómodo en su papel de acompañante de lujo; y con el resto de su familia: la deprimida reina madre (Victoria Hamilton), su frívola hermana Margaret (Vanessa Kirby) y su escurridizo tío David (Alex Jennings), el rey que abdicó por amor y el responsable de que su padre haya tenido que asumir la corona.

El arranque se siente lento porque parece tener poco que contar, más allá del cáncer de Jorge VI, el temperamento impetuoso de Philip y las cavilaciones de Isabel. Cuando la reina asume el poder, The Crown se revela como una serie premonitoria, que sugiere los vicios que poco a poco corroerán el alma del resquebrajado imperio. Gran Bretaña, la cuna del tabloide moderno, preocupada por las nimiedades de los artistas y los aristócratas, empieza a asomarse aquí, en el frenesí mediático que envuelve a Margaret y su romance con un hombre divorciado. Con Churchill y su sucesor enfermos, la única muestra de poder que le queda al país es el gesto simbólico de enviar a sus jóvenes monarcas por el mundo para crear onerosas distracciones. El país enfrenta pugnas diplomáticas y guerras inminentes, pero los periódicos y las noticias están más interesados en la visita de Isabel a las Bahamas. Es ahí cuando el personaje de la reina adquiere verdaderas honduras dramáticas: una mujer condenada a ser un símbolo mientras su matrimonio se deshace, su país deja de ser un imperio y su familia se aleja de ella (noten cuántas veces la vemos cerca de sus hijos: yo no conté una sola).

A veces uno desearía que no todos los capítulos acaben en montajes ruidosos y melodramáticos, pero los excesos visuales y musicales se perdonan gracias a la pluma de Morgan. Como demostró en Frost/Nixon, la película basada en su propia obra de teatro, los mano a mano son su especialidad, y The Crown tiene grandes batallas verbales en prácticamente todos sus episodios. La mejor, por ser la más inesperada, ocurre entre Churchill y el pintor Graham Sutherland (Stephen Dillane), comisionado para pintar el retrato del primer ministro para su cumpleaños 80. Churchill supone que Sutherland lo pintará como un viejo decrépito; Sutherland insiste en no confirmar sus sospechas. El resultado, después de que ambos se han estudiado mutuamente, es un duelo actoral de primerísimo nivel en el que nos acercamos a Churchill como nunca antes en la serie.

El tono visual corre a cargo del experimentado Stephen Daldry, director de los primeros episodios y otros dramas de época como The Hours y The Reader.

Filmada en interiores opulentos, pero nebulosos, cuya oquedad contrasta con el júbilo de las calles, los desfiles y las coronaciones, The Crown es mayormente sutil y elegante, no tanto una serie sobre los años dorados, sino sobre el fin de una era y el principio de otra cuyas consecuencias podemos ver ahora, en la vileza de este 2016.

Twitter: @dkrauze156

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