Opinión

Planes revolucionarios

Para Javier Garciadiego.

Uno. Me imagino un curso de extensión universitaria, online o presencial, que se proponga la relectura de los planes revolucionarios. Todos. Independientemente del contenido (político, agrario, social, educativo, cultura) y del signo ideológico (revolución, contrarrevolución).

Lo anterior con la finalidad de mandar a paseo, al diablo si usted prefiere, aquello de que, entre 1901 (Convención Liberal) y los años 30 (planes sexenales), ni se pensó ni se escribió en términos revolucionarios.

Origen de una de las falacias más perezosas y dañinas: la mexicana, revolución analfabeta, ágrafa y ayuna de ideas originales. ¡En cambio la francesa, la china, la cubana, la sandinista!

Y por supuesto que no es lo mismo violencia en estado bruto que violencia como medio de explícitos fines sociales; tampoco opresión, que ideas para extirparla.

Dos. Empezaría el curso imaginado por el maderista Plan de San Luis Potosí, 5 de octubre de 1910. Hace la friolera de 115 años. ¿Y si contuviera, todavía, palabras vivas? Por cierto, qué penosa, por no decir patética, resulta la comparación, inevitable, entre los dos Maderos: el de 1910 y el actual: político de pueblo chico, disque dicharachero (no recuerdo qué reforma legal le pareció “una chulada”), acorde con el PAN de ahora, dado al catre.

Preciso que ya en los ochenta, desde Difusión Cultural de la UNAM, realizamos algo semejante. La serie, dentro de la histórica colección Deslinde, intitulada Los Nuestros. Selección de pensamiento mexicano, sin faltar, por supuesto, La “Oración cívica” (fundacional, original) de Gabino Barreda.

Habría que reeditar la colección dedicada, entre otros, a Manuel Gamio, Martín Luis Guzmán, Manuel Toussaint, López Velarde y Rodolfo Usigli; y, entre los contemporáneos, a Luis Buñuel y Ramón de la Fuente. De especial interés encuentro la conversación entre Luis Leal y Seymour Mentón alrededor del cuento mexicano, una de nuestras glorias. Reyes, Hernández, Rulfo, Fuentes y paro de contar.

Tres. Pero estábamos en el Plan de San Luis. Las circunstancias de su publicidad tiene tintes rocambolescos. Su reconstrucción mostraría a las claras que el viejo régimen prohijó al nuevo (Madero es impensable sin “Don Porfis”; el antirreleccionismo sin el reyismo). Ubíquese usted en agosto, septiembre, octubre de 1910. La de Madero, autor además de La sucesión presidencial en 1910, era una figura incómoda; tanto para las fiestas del Centenario (por cierto, no superadas aún en organización y programación), como para la reelección (que, no nos hagamos bolas, el patriarcal dictador intentaría de nueva cuenta en 1916).

¿Desaparecer, encobijar, asesinar a Madero? Ya no se estaba en el fuste del porfiriato, cuando “mátalos en caliente”. Mejor una chicana legal (o sea, ilegítima) y sacarlo de la jugada. No al extremo de mandarlo a París, como acababa de hacerlo con el general Bernardo Reyes, ya medio cegado por los dioses (y de tragedia griega sabrán los hijos, Rodolfo y Alfonso, en 1913), pero sí lejos (entonces lejísimo): San Luis Potosí. Colonial, de bonanza minera en otros tiempos, más o menos en brazos arzobispales. Primero la Penitenciaría (hoy convertida en Centro Cultural); después, las goteras de la ciudad como cárcel.
Ignoro si ya funcionaba la Lonja Comercial, excepcional lugar y restaurante (creo que ahora cerrado). Como ignoro si consolaba a don Francisco pensar en el otro expulsado del guateque centenario.

Cuatro. Ni más ni menos que Rubén Darío, poeta nicaragüense y grande de las letras hispánicas; preferido, en igual medida, por Baco y Apolo.

Resulta que designado representante de su país para el fiestorrón de diez (de Díaz), en el camino de Europa a América, Atlántico de por medio, los gringos tiraron al presidente nicaragüense Madriz. Darío pasó de ministro plenipotenciario a mero invitado especial del gobierno mexicano; pero con la condición de no asomarse por la ciudad de México, preso del puerto de Veracruz y sus alrededores. Para que lo recibieran a todo tren sus colegas de la revista moderna, los ateneístas y los estudiantes de la capital, tenía que esperar a que saliera la nutrida delegación norteamericana, con la española (no la francesa, no la inglesa), las delegaciones estrellas del centenario.

Porfirio Díaz y sus capitanes, Justo Sierra y Federico Gamboa (amigos estos últimos del poeta), supongo, calcularon manifestaciones antinorteamericanas por parte del estudiantado (apenas unos dos mil, pero estrenando Universidad Nacional).

Para los interesados, circula ya, bajo el sello de la UNAM, el libro Darío en México. Un tiempo enrarecido, que me tocara coordinar al frente de un valioso grupo de colegas.

Cinco. Burlando el cerco, Madero escapa de San Luis, viaja al norte, cruza la frontera, llega a San Antonio, Texas; ciudad todavía sin explotar el río, que ya llega hoy por hoy a las Misiones. Aquí se expide, lo dije ya, con fecha 5 de octubre de 1910, y el nombre de la ciudad mexicana que intentara, en vano, sujetarlo el Plan de San Luis Potosí. ¿Lo redactó Madero con su conciencia (llamaba a la crítica de las armas), como sola compañía? ¿Colaboraron, como se especula, Roque Estrada y ni más ni menos que Ramón López Velarde?

Por averiguar el anterior y otros detalles, lo cierto es que troquela al Plan la divisa: Sufragio efectivo. No reelección. Y cabe preguntarse en qué se ocupaba Díaz, ya condenado a desensillarse, aquellos primero días de octubre, a todas luces ajeno a las llamaradas que comenzarían a propagarse por el país el mes siguiente.

Crítica de las armas, reitero. No la de la prensa de oposición o de la campaña electoral. Balazos. Fecha: el 20 de noviembre de 1919, nomás sonaran las seis de la tarde en adustos relojes hogareños y escandalosos campanarios.

En próxima entrega, me ocuparé del contenido y signo del Plan de San Luis Potosí. No se lo pierda.