Opinión

Terrorismo y mercados

 
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Atentado Bruselas

La utilización del terror como un mecanismo de presión política ha sido práctica común desde hace mucho tiempo. La teoría según la cual la propagación del miedo en la población generaría las condiciones idóneas para un cambio en el poder, fue enunciada por diversos revolucionarios desde anarquistas hasta comunistas, pero también en la derecha fascista fascinada igualmente por la violencia como instrumento de cambio social. Después de largos años de muertes y derramamiento de sangre sin sentido alguno, el terror sigue siendo un arma letal, pero ineficiente para alcanzar el objetivo de llegar al poder e imponer nuevas condiciones de vida a la población.

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 cimbraron al mundo y consiguieron meter a la economía del planeta en una dinámica recesiva a partir de la percepción de que el terrorismo islámico tenía la fuerza suficiente no sólo para atacar a personas e instalaciones civiles y militares, sino al aparato productivo en su conjunto generando así la parálisis económica tan temida. Pero a casi 15 años de esa fecha, y aunque el terror islámico se mantiene como una amenaza cotidiana para el mundo occidental y los propios países árabes y musulmanes, su incidencia en la afectación negativa para la creación de riqueza ha sido mínima.

Los atentados terroristas ya no generan como en el pasado, esas huidas masivas de capitales desde los mercados bursátiles hacia el oro o el dólar como refugio ante la catástrofe que se prevé como consecuencia de la violencia desatada. Con todo lo repugnante y despreciable que representa la acción terrorista, el mundo occidental ha aprendido a seguir viviendo su cotidianeidad a pesar de los riesgos que representa, incluso en sus mercados financieros. El peligro de esta situación es que poco a poco las sociedades se acostumbren a vivir en medio del terror, como lo hacen frente a las muertes ocasionadas por accidentes de tránsito, o por negligencia de padres incapaces de atender las necesidades básicas de sus hijos pequeños.

Los recientes atentados en Bruselas demuestran la alta sofisticación en la forma como el fundamentalismo islámico opera en Europa, y la enorme incapacidad con que la actúan los cuerpos de inteligencia de países como Bélgica, que después de los atentados de París del año pasado tenían identificada la zona donde los extremistas operaban, por lo que resulta inexplicable la pasividad con la que permitieron la organización de este nuevo atentado, además, el haber liberado hace unos meses a uno de los terroristas suicidas –Brahim al Bakroui– después de que Turquía lo había deportado por sus antecedentes violentos, habla del grado de descomposición de la inteligencia europea frente a las organizaciones islamistas.

El terror islámico, cuyo objetivo es destruir las vidas y los valores de la modernidad occidental utilizando para ello la tecnología más moderna, no ha conseguido paralizar la economía mundial, pero sí ha puesto a dudar a millones de personas sobre la compatibilidad de una cultura laica, plural, democrática y tolerante, frente a aquella otra que, al llegar a Occidente no quiere el respeto al otro, al diferente, sino la imposición de valores orientales de discriminación y sometimiento que no son aceptables para el individuo libre. Las culpas históricas de la Europa colonial e imperial no se pueden pagar retornando al mundo de los califas y el Corán, imposible.