Opinión

Terrorismo virtual

 
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París. (Reuters)

El arma, realmente eficaz del terrorismo, de cualquier signo o ideología, no es la ejecución material de actos violentos, ejecuciones filmadas, acciones armadas en eventos públicos o actos suicidas, sino la generación de angustia y miedo entre la sociedad, de manera permanente, mediante la difusión viral de tales actos, para producir incertidumbre colectiva y una sensación de amenaza constante, con la consecuente alteración de la vida cotidiana.

La intensidad de sus acciones se potencia de manera natural por el tratamiento que, obligadamente, darán los medios de comunicación y las redes sociales en un mundo catalizado por el avance tecnológico y el acceso global instantáneo a la información.

Una característica y condición fundamental del terrorismo para lograr un impacto sensible en las sociedades y sus gobiernos, es la libertad de acción, que le otorga la capacidad para actuar donde y cuando lo desee, para seleccionar los objetivos más redituables, planear y coordinar sus ataques, obtener los recursos necesarios, definir su estrategia de comunicación y actuar en el momento más favorable a sus intereses e intensiones.

Bajo este esquema, cualquier país, abiertamente amenazado o no, es un potencial blanco y obliga al despliegue de sus aparatos de seguridad y prioritariamente de sus órganos de inteligencia, no siempre lo suficientemente robustos y articulados para responder con eficacia a este tipo de amenaza. Los ejemplos de Nueva York, Madrid, Londres y París dan cuenta de ello.

Recientemente, México ha sido incluido por el Estado Islámico en la lista de países donde potencialmente realizaría atentados. Lo que nos coloca, de manera automática, en una situación de amenaza latente, que, por principio, no debe ser soslayada. La pregunta natural es si nuestros sistemas son lo suficientemente sólidos para prevenir, detectar y en su caso, impedir acciones de naturaleza violenta en nuestra dilatada y porosa geografía.

Hasta el día de hoy, los órganos de inteligencia del Estado Mexicano se han orientado a tareas nimias de carácter político doméstico y de seguridad pública, particularmente vinculadas a la delincuencia organizada y, aún esto, con magros resultados.

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