Opinión

'Terra incognita'

Nunca aprendí a pensar en mí. Tengo abandonados varios asuntos incluyendo la decoración de mi nuevo departamento porque siempre hay un problema que resolver en casa de mi madre. Se activó un botón misterioso de mi inconsciente y llevo varios meses recordando mi historia. Soñándola. Soy casi incapaz de relajarme y de disfrutar. He pensado que tal vez sea resultado de que me brinqué la infancia y la ligereza propia de los niños. Me recuerdo preocupada por hacer la tarea, por no hacer enojar a mi madre que siempre estaba exhausta, por consolar a mi abuela que no paraba de quejarse del mal marido que le había tocado. Por mis hermanos de los que fui y sigo siendo más madre sustituta que otra cosa. Crecí en una familia en donde la individualidad no existía y cualquier manifestación sentimental era reprimida. La mística era cumplir con el deber sin quejarse y sin detenerse.

Me fui de viaje hace un mes, buscando algo que no comprendía. Una playa desierta en Centroamérica. Un mapa, una mochila llena de libros y mi computadora. Encontré un lugar precioso en el que me quedé varios días. La primera sorpresa fue la sensación de liberación al estar sola y casi incomunicada. Nadie podía llamarme para contarme problemas, pedirme ayuda, consejo o algún favor. Y por unos días no tendría que preocuparme de nada. La segunda revelación fue que cuando comencé a pensar en mí, me sentí muy triste. El silencio abrió una puerta que llevaba a una tierra desconocida: Yo. Una extraña para mí misma.

Comencé por dudar de cada uno de los pasos que había dado hasta ese momento. La carrera que había elegido, la personalidad que había construido, el futuro que supuestamente anhelaba. Adentro de mí se confundían las voces de varias mujeres. Mi madre opinando, mi abuela regañándome, mi maestra de ballet enfurecida porque había aumentado un kilo. Faltaba mi voz pero en familias como la mía la opinión es comunitaria, indiferenciada.

Estar sola unos días me enfrentó a muchos eventos de mi vida que se merecían enojo y lágrimas. Había sido una niña y una adolescente tan responsable y complaciente , que mi mundo interior se había quedado trunco, sin expresión clara y contundente de deseos y necesidades personales, incluidas la rebeldía y la agresión.

Me doy cuenta de que no sé lo que quiero porque he crecido pendiente de otros y nunca de mí. Me avergüenza mi sentimentalismo y mi debilidad. Jamás fui así y ahora no puedo parar de llorar y de sentir.

Soy terra incognita. Territorio vírgen e inexplorado. Apenas comienzo a reconocer mis detonantes de tristeza, enojo o amor. No tuve una infancia despreocupada ni tampoco la libertad para formarme una opinión. Ni de conversar con mi madre cuando me sentía débil. Parece que le reclamo a la vida o que necesito tramitar una queja por la familia en la que me tocó crecer.

No estoy enojada, sino sorprendida. Porque siempre pensé que lo normal era conocerse y poder declararse estructurada, defensiva, analítica, y no de otra forma. O saber que tengo el defecto de la impaciencia y la virtud de la empatía. O que me gustan las complicaciones y la linealidad me mata de tedio. O algo parecido. Pero no esperaba el silencio interno y las dudas sobre mi identidad y mi destino.

En diciembre cumplo un año de vivir fuera de la casa de mi madre. Apenas voy logrando sentir que puedo sobrevivir sin tanta ayuda y sin tantas opiniones no solicitadas. Lentamente, comienzo a verme como una persona autónoma, con el derecho de construir una vida como me dé la gana.

Descubrí que soy como esa playa virgen en Centroamérica. El monto de angustia y de ilusión que me provocan tantas preguntas y tan pocas respuestas es intenso, aunque encuentro consuelo cuando pienso que hay quien se pasa toda una vida sin saber quién es y sin llegar a sentirse cómodo con su realidad personal.

Ya no vivo con mi madre. Ya no digo que sí a todo. Estoy triste y muy enojada. Me gusta la gente alegre y transparente. No soporto las mentes Wikipedia y me seduce la profundidad y la densidad del pensamiento. Comienzo a mapear mi territorio interno y también el externo. Odio ser perfeccionista e insaciable con mis logros y mi plan es serlo cada vez menos.

Hay días que me muero de angustia pero comienzo a ser capaz de pensar y sentir desde la primera persona del singular: Yo.

La autora es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Correo: valevillag@gmail.com

Twitter: @valevillag