Opinión

Terapias que fracasan

    
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Psicoterapia

El New York Times tiene entre sus columnas de opinión una sección dedicada a la psicoterapia llamada Couch (diván), en la que escriben psiquiatras, psicoterapeutas, psicoanalistas y pacientes, logrando una visión panorámica y profunda. Hace unos días encontré un texto valiente escrito por el psiquiatra David Hellerstein, que llamó mi atención por su honestidad al relatar el largo y fallido proceso terapéutico de una paciente llamada Greta: una mujer exitosa como financiera de Wall Street y cuyo máximo anhelo era tener un novio, casarse y ser madre, que no era congruente con su muy descuidado aspecto personal.

Había una contradicción evidente entre sus ganas de tener una vida amorosa y su poco interés y tino para arreglarse. La conciencia sobre la tiranía de género impuesta a las mujeres que las presiona a lucir de una forma específica fue el límite que Hellerstein no se atrevió a cruzar durante muchos de los 10 años que duró la terapia. Un día decidió enfrentar el problema; pensó que habían logrado establecer una alianza terapéutica sólida y que era el momento de trabajar con Greta sobre su indiferencia por la estética personal. Ella se defendió, argumentando que cuando tenía citas (siempre fallidas, porque jamás tenía una segunda con la misma persona) se arreglaba más que para venir a terapia y que sus amigos le decían que lucía bien.

Él se sintió avergonzado, fuera de lugar y un poco sorprendido de que nunca nadie hubiera confrontado a Greta sobre el tema de su apariencia física. La paciente se mudó a California, dejó la terapia y jamás tuvo una pareja. Concluyó después de su terapia que el amor no era para ella y decidió dejar de intentarlo y resignarse a la soledad.

La historia me hizo pensar en todas las veces que no he sabido qué hacer para ayudar a un paciente. Lo que Hellerstein relata es frecuente: pacientes con sobrepeso mórbido que no creen que sea un problema a tratar en terapia; hombres y mujeres con ganas de tener sexo o de amar, que mandan un mensaje negativo con su lenguaje no verbal, que incluye la forma de vestir, la higiene y la expresión corporal. El estilo puede ser un tema en terapia, entendido no como la sumisión a los ideales de belleza, sino como el agrado por uno mismo que transmite un mensaje de puertas abiertas o cerradas. Alguien descuidado, poco pulcro, muy pasado de kilos, desinteresado en su aspecto, manifiesta poco amor propio. No sólo las mujeres sufren no ser atractivas. A los hombres también les ocurre. Lo muy triste es que no se supone que los terapeutas abordemos asuntos que parecen frívolos a primera vista, pero que no lo son.

La relación con el cuerpo y con la imagen incide en la capacidad de despertar deseo e interés en otros y tiene que ver irremediablemente con la apariencia física. Con lo más superficial como unos zapatos impecables o viejos, con un corte de pelo poco favorecedor, con la forma de maquillarse o de no hacerlo que no resalta la belleza, con los kilos acumulados que sirven como armadura para que nadie se acerque. También de esto se trata el bienestar emocional: de poder conversar con los pacientes en libertad y sin miedo a ser políticamente incorrectos, sobre todo lo que observamos gracias al entrenamiento y a la experiencia clínica.

La terapia se construye hablando de frente, con respeto, curiosidad e interés; observando cuidadosamente los sesgos personales, pero con la tranquilidad de saber que los consultantes vienen a enfrentar verdades aunque sean incómodas y no sólo para encontrar un espacio de desahogo y apoyo. La terapia, para ser tal, requiere de una dosis suficiente y oportuna de confrontación.

*Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag


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