Opinión

Teodoro González de León

  
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Teodoro González de León

“Hoy, hoy, hoy”, decía Teodoro, la última vez que lo vi; “no me interesa el futuro, ni el pasado, ¡me interesa hoy!”.

En estos días se escribirá mucho sobre Teodoro González de León, quien murió en la madrugada del 16 de septiembre; se escribirá sobre su legado, su arquitectura, sobre la importancia y la necesidad de transformar una ciudad; se dirá que pasó de proyectar vivienda social a transformar la fisonomía de la Ciudad de México con edificios emblemáticos como Arcos Bosques, el MUAC, el Museo Rufino Tamayo, el Auditorio Nacional, Reforma 222, El Colegio de México… Se dirá que fue un arquitecto único, que supo crecer con su tiempo, con su entorno, con el mundo que lo rodeaba, que asombrado y entusiasmado abrazó este crecimiento y que como decía él mismo: “no, yo no fui un joven apocado”.

Todo en González de León parece de una escala más grande que lo normal, sus proyectos, su conocimiento, su edad, su energía.
En febrero de 2005 tuve la oportunidad de curar la exposición retrospectiva de Fischli & Weiss en el Museo Rufino Tamayo, fue un verdadero placer ver como este par de artistas suizos dialogaban con el recinto y estaban emocionados de exponer en un lugar que les asombraba.

Casi todos los curadores de México han tenido que trabajar en alguno de los recintos creados por Teodoro. El MUAC y sus sorprendentes espacios, sus recorridos a la vez extraños y acogedores con una escala real de lo que hoy en día significa la UNAM, y su plaza llena de vida. El Museo Rufino Tamayo, la manera de transitarlo de una sala a otra, las posibilidades de montaje, su luz, su paz. Hay algo de grandioso en estos recintos y al mismo tiempo algo íntimo, de gozo.

Muchos curadores hemos pasado por los espacios que González de León nos ha legado, que seguirán vivos por años a venir, por los cuales pasarán cientos de artistas que seguirán negociando y dialogando con ellos, así como generaciones completas de espectadores que habrán de descubrir en ellos qué es el arte contemporáneo, que tendrán en ellas la oportunidad de reflexionar y gozar.

Visito el MUAC, lo hago religiosamente a cada cambio de exposición y por fin con la última, de Anish Kapoor, se hace justicia a la sala 9, el espacio de exhibición más grande del país. De eso me entero porque en Bikini Wax (un estudio y galería emergente) hay una muestra de Ladrón (otra galería alternativa) que consiste en ocho propuestas de obra que se le hacen formalmente al MUAC para exhibirse en la sala 9. Eso, ya no hoy, ni mañana, ni después se lo voy a poder contar a Teodoro, no voy a poder ver su cara de sorpresa y diversión con la historia que platico.

Y sí, ¡justo como pasan las cosas! Llevo días y días pensando: “tengo que escribir sobre Teodoro, tengo que, tengo que…” y de pronto un mensaje: “¿Sabes lo de Teodoro?”... Y yo que lo que quiero escribir es: a Teodoro no le gusta la lechuga y no come nada verde, o toma Macallan siempre derecho, toma y todos tomamos, o de las miradas entre él y Eugenia, de la dulzura, la pasión, el cariño y el respeto entre estos dos seres extraordinarios, o de los golpes de mano en medio de la discusión en la mesa para dejar claro de que habla y hacer su punto… o de que es el único que se lee todas mis columnas y las comenta, me dice cuando le gustan y cuando no, y ésta, así como son las cosas, es la primera que no va a leer y, claro, tenía que ser la primera sobre él.

Imagen tras imagen, no puedo dormir... imágenes que se repiten una y otra vez... cómo abría los brazos y se le iluminaba el rostro al encontrarnos... El disfrute de estar sentados uno al lado del otro o la emoción de compartir el nuevo catálogo de dibujos de Martin Kippenberger... lo había traído de su más reciente viaje a Europa y era tal su emoción que a las dos de la mañana estábamos en su estudio viéndolo, hojeándolo y disfrutando dibujo a dibujo… o de como defendió el proyecto que presenté a Conaculta al inicio de este gobierno para hacer una colección de estado y cómo resintió que en esa dependencia no lo hubieran entendido o el gesto que hacía con la mano, como si acariciara una cadera cuando describía a ciertas mujeres… o acerca del llamado cósmico y cómo éste era ineludible y había forzosamente que atenderlo... o las historias sobre su niñez y su pandilla de la Condesa y de la pandilla vecina donde estaban Jolopo y El Negro Durazo y cómo los venían a aterrorizar para llevarse a sus novias... o cómo en este México tan machín y tan agachado él disfrutaba y celebraba mis maneras!

Su inteligencia, su sentido común, su generosidad, su estar presente, escucharlo hablar sobre su último viaje, las películas que habían visto, los museos que habían visitado, cuántos conciertos y cuántas obras de teatro... Hombre universal,# ser de otra época...

Y así, como ser humano, como entrañable cómplice, el vacío que nos deja es casi tan grande como aquello que construyó, “me da vértigo pensar en la muerte”, me lo dice bajito al oído en una de esas tantas cenas... y a mí Teodoro, agnóstico como eres, me da vértigo pensar que no volveré verte.

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