Opinión

Tenet y Clapper: Chivos expiatorios


 
Las duras palabras que agentes de la “comunidad de inteligencia” dedicaron a Barack Obama en Los Angeles Times ––que transcribimos en estas páginas–– subrayando su “furia” y “molestia” por lo que consideran el abandono del presidente, en pleno escándalo del espionaje cibernético y telefónico, mientras en el Capitolio algunos de sus protectores, como la senadora demócrata Dianne Feinstein, empiezan a hablar de limitar su tarea, recuerdan la historia de George John Tenet al frente de la CIA.
 
Nombrado en 1997 al frente de la CIA por William Clinton, el neoyorquino Tenet, entonces jefe supremo del espionaje de Estados Unidos gracias al peso de la agencia, no tuvo más remedio durante el régimen Bush que prestarse a la manipulación de las “pruebas e informes” que demostrarían la posesión de “armas de exterminio masivo” en poder de Bagdad, así como la “alianza entre Sadam Husein y Osama bin Laden”, para justificar el asalto de Irak en 2003.
 
Por encima de los datos verdaderos que la CIA recopiló, precisamente en contra de lo que difundían los Bush, Cheney, Blair, Aznar, Rice, Powell y Rumsfeld, Tenet se sometió a los designios neoconservadores al igual que el MI6 británico y se prestó a la fabricación o aprobación de mentiras tan flagrantes como los “intentos de Irak para comprar uranio en Níger”, los “laboratorios móviles de armamento biológico” y hasta los rumores desorbitados de Curveball, un presunto desertor que era tachado de “mentalmente inestable” por los servicios alemanes.
 
Investigación
 
Consumado el saqueo de la antigua Mesopotamia, resultó evidente la inexistencia del arsenal irakí, pese a que Tony Blair se atrevió a señalar en el Parlamento británico que Bagdad era capaz de lanzar un ataque químico en sólo “45 minutos”. Empezaron las averiguaciones legislativas en ambos lados del Atlántico y para George W. Bush, la salida fácil fue culpar a los profesionales del espionaje, como Tenet, de las “fallas” en la información que le transmitieron.
 
 
También se le cuestionó, a la luz de evidencias hasta entonces ignoradas, por qué no hizo más para detener los ataques del 11-S.
 
Bush ordenó reestructurar al aparato del espionaje e instaló como primer director de Inteligencia Nacional, el cargo que ahora ocupa James Clapper, a John D. Negroponte, exembajador en México y Naciones Unidas. Pese al oprobio, Tenet supo guardar silencio y fue recompensado con la “medalla presidencial de la libertad”. Hoy, ya que Obama alega que nada sabía de las escuchas telefónicas, seguramente Clapper no tardará en aceptar, pese a las protestas de sus hombres, nuevas “restricciones” a la Agencia de Seguridad Nacional.