Opinión

Temixco, en torno a un asesinato

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homenaje a Gisela Mota, alcaldesa de Temixco. (Cuartoscuro)

Concedido de entrada que el asesinato de la alcaldesa perredista Gisela Mota debe ser visto como una falla del modelo de seguridad impulsado por el gobierno de Morelos.

Incluso si damos crédito a las versiones –publicadas el fin de semana– de que la edil rechazó ofertas de protección, la ejecución de la joven presidenta municipal nos habla de un error de las autoridades estatales.

Pero el homicidio también nos habla de que los criminales aprovecharon un contexto en el que la politiquería les ha abierto la puerta de par en par: encima de la grave inseguridad, Morelos padece la grilla de actores que anteponen los intereses particulares a los generales.

Porque el asesinato de Gisela Mota no puede ser visto como un evento ajeno a la campaña que, entre otros, el nuevo alcalde de Cuernavaca, Cuauhtémoc Blanco, ha sostenido durante meses en contra del Mando Único Policial.

Una institución es siempre perfectible, más si ha sido creada hace pocos meses y en medio de la emergencia de una gravísima ola de violencia como la que ha padecido Morelos en los últimos años.

El Mando Único Policial de Morelos, surgido desde el liderazgo del comisionado de Seguridad Alberto Capella, tiene, sin lugar a dudas, eso que llaman áreas de oportunidad.

Capella y sus compañeros han logrado el reconocimiento de organizaciones como la de la señora Wallace por haber mejorado en el tema de los secuestros, pero al mismo tiempo enfrentan denuncias por presuntos abusos policiales.

El abogado tijuanense sabe de los retos del modelo que encabeza y no rehúye a discutir las deficiencias del mismo. Para tal efecto, ha acudido –por ejemplo– al Congreso del estado de Morelos (07/10/15).

Lo que, en cambio, no se discute suficientemente es que no hay defensa posible en contra del juego sucio de personajes que se instalan en la lógica de vulnerar a las instituciones, llámense legisladores que obedecen a añejos acuerdos caciquiles en distintas zonas de la entidad morelense, o llámese Cuauhtémoc Blanco/Partido Social Demócrata, de reciente llegada al poder.

El asesinato de Gisela Mota ocurre luego de meses en que Cuauhtémoc Blanco y sus patrones, los señores que lo promovieron para ese cargo popular y que siguen vinculados a él, han optado por destruir, antes que por ayudar a corregir.

Capella y su modelo policíaco han lidiado durante dos años con resistencias locales. La novedad con la reticencia de Blanco a sumarse al Mando Único es que, sin ofrecer alternativa alguna, sin argumentos o cosa parecida, logró –merced a la visibilidad mediática del exjugador y a que estamos hablando de la capital– generar un daño mayúsculo: al final de 2015 el entonces alcalde electo pudo instalar la idea de que en Morelos el problema son los policías, no los criminales. Ese fue el exitoso mensaje del irresponsable señor Blanco.

Y el asesinato de la presidenta Mota es, perversamente, expuesto como prueba contundente de la profecía cuauhtemista: vean, el Mando Único no funciona.

Fiel al estilo marrullero desplegado en las canchas, el nuevo alcalde de Cuernavaca pretende, mediante artimañas, tratar de meter goles a los que han intentado construir un esquema de seguridad, no a esa delincuencia que está lejos de ser derrotada.

Bien, señor Blanco, su jugada fue perfectamente leída por los criminales. ¿Cómo lo va a celebrar?

Y finalmente. Hablando de agendas atrapadas por las grillas: tampoco ayudan a construir un modelo policíaco efectivo las ansias presidenciales, expresadas a los cuatro vientos, del gobernador Graco Ramírez.

Que tengan todos ustedes un muy feliz año nuevo. Incluso si son Cuauhtémoc Blanco y sus secuaces.

Twitter: @SalCamarena

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