Opinión

Telecomunicaciones:
el valor de Peña Nieto

Al leer algunas declaraciones vociferantes que nos dicen que con la reforma en telecomunicaciones va a desaparecer la libertad de expresión, es imposible no acordarse del cacique potosino Gonzalo N. Santos, que decía sobre los perros de rancho: “sólo el que va adelante sabe por qué y a quién le ladra, los demás lo secundan”.

Los que todos los días gritan en redes sociales que le cierren los micrófonos a tales o cuales comunicadores porque piensan diferente a ellos, son los que ahora se dicen ofendidos por un proyecto de ley que ni conocen.

No hay tal pérdida de libertad de expresión. Al contrario, ésta se ensancha.

La propuesta del presidente Peña abre a más jugadores la posibilidad de dar televisión abierta, que ya no estará concentrada únicamente en dos consorcios.

Para tomar esa medida, de abrir la competencia en televisión gratuita, se necesita una alta dosis de valor político, y Peña Nieto ha demostrado que la tiene.

Y para obligar al monopolio de la telefonía a compartir su infraestructura con sus competidores, es preciso tener visión de Estado y no pensar en su futuro político personal.

Lo menos que deberíamos hacer los ciudadanos de a pie, es reconocer (y por qué no, respaldar) la valentía del Jefe del Ejecutivo, porque tocar los intereses de las principales empresas de comunicaciones en el país conlleva riesgos evidentes.

Dentro de cuatro años y medio Enrique Peña Nieto se va a ir a su casa, y los actuales dueños de las telecomunicaciones seguirán siendo de los más ricos del mundo, con un gran poder económico y político.

Son de aplaudirse las reformas del Presidente Peña en telecomunicaciones porque la competencia hará bajar los precios en la telefonía, y tendremos planes que nos van a favorecer como consumidores.

De hecho, las llamadas de larga distancia por celular ya no se cobran. Eso es un beneficio para los consumidores, y desde luego afecta las ganancias de un gigante que ha ganado mucho dinero.

No se trata de tumbar al gigante ni de culparlo por hacer bien las cosas, sino de que el Estado asuma su papel, le ponga límites y facilite la aparición de competencia en beneficio de los ciudadanos.
Decirlo es fácil, pero hacerlo, como lo ha hecho el presidente, requiere de valor.

Lo mismo en el caso de la televisión. Vamos tener mayor oferta de canales gratuitos, y con ellos se enriquecerán los contenidos.

Claro, eso va a tener un impacto. El pastel publicitario ya a no se va a repartir entre dos. Y la publicidad en televisión va a bajar de precio porque es la única forma de ensanchar el mercado de anunciantes.

La competencia entre televisoras será con contenidos. En consecuencia el talento -es decir las personas que se dedican a la comunicación o estudian esa carrera-, va a valer más.

Con la digitalización de las señales de televisión, las potencialidades para utilizar el espectro se multiplican. Y eso no va a estar concentrado en sólo unas manos.

Por eso hay que preguntarse de dónde viene el griterío actual, envuelto en la bandera de la libertad de expresión.

Y no hay que ser demasiado listo para entender que viene de una de las partes que, desde ahora, mueve sus influencias para desprestigiar una reforma que le perjudica.