Opinión

Tecnología significa más productividad


 
 
Todavía hay quiénes se preguntan cómo es que la tecnología puede incrementar la riqueza que genera una nación.
 
La respuesta es muy clara. El avance de la tecnología implica incrementos en la productividad del trabajo. Esto significa que con el mismo esfuerzo se puede generar más valor.
 
Y, precisamente, generar esa productividad debe ser la columna vertebral de las políticas públicas en México.
 
Los ejemplos sobran. Ejemplifico sólo con algunos.
 
Hace ya muchos años, si uno quería enterarse de la evolución de la economía mexicana, tenía que acudir una vez al mes a la calle de 5 de mayo a comprar un paquete de páginas con datos estadísticos que compilaba el Banco de México.
 
Era factible obtener ventajas por tener con anticipación la información si se estaba al pendiente y detectaba la fecha en la que se iban a publicar esos indicadores –fecha que no siempre era la misma- y además, si uno contaba con un mensajero en motocicleta que fuera a conseguirlos en cuanto le decían que esa publicación (la llamada Carpeta de Indicadores Económicos) ya estaba disponible.
 
En cuanto se recibían las páginas, una vez al mes, las consultorías y los analistas ponían a trabajar a sus capturistas para poner las estadísticas en algún hoja de cálculo como Lotus, que por años fue el estándar.
 
Hoy la información económica se actualiza, literalmente, todos los días. Si usted quiere obtener una serie estadística para hacer algún análisis, basta con que la requiera en el formato de alguna hoja de cálculo, usualmente Excel, y en minutos tiene la información que en el pasado le requería horas y horas de personal para obtenerla, guardarla y procesarla.
 
Otro tema totalmente diferente es el del Grupo Inditex, propiedad de uno de los cinco hombres más ricos del mundo, Amancio Ortega.
 
La cadena emblemática de este grupo, Zara, desarrolló una estrategia para recibir virtualmente en tiempo real los resultados de las compras en todos sus establecimientos.
 
A partir de ellos, pueden definir cuáles son los modelos de prendas que se están vendiendo, los materiales favoritos o los colores que están siendo más populares. Con esta información, se toman las decisiones de producción.
 
Cuando le preguntan a Ortega cuál es su negocio, no dice que la moda o el vestido. Responde: la logística.
 
Va otro caso.
 
¿Quiere usted comprar mobiliario para sus oficinas, proveniente de alguna de las grandes marcas europeas? Necesita mandarlo fabricar.
 
En la mayor parte de las factorías de este giro –y muchos otros- el inventario es virtualmente cero. A lo sumo, habrá las existencias necesarias para los centros de exhibición, en caso de que se mantengan centros físicos.
 
Pero no hay almacenes. Los pedidos se fabrican y se envían cuando están terminados. Eso ahorra una cantidad inimaginable de recursos que estaban congelados en las bodegas. Es la tecnología la que permite una fabricación sobre pedido.
 
No es algo que ignore Toyota, que desde hace más de una década tiene ese concepto, lo que le dio ventajas, más allá de las tormentas derivadas de los defectos en los que incurrieron sus vehículos.
 
Casos como los que le describo arriba son emblemáticos de la revolución tecnológica que se ha presentado en la última década. Sin embargo, los ejemplos podrían ser cientos.
 
A veces son tan rápidos los cambios tecnológicos que perdemos la perspectiva de su trascendencia y profundidad.
 
Estamos metidos en un proceso en el que lo característico es la aceleración del cambio.
 
Nadie sabe cuáles van a ser los cambios tecnológicos más trascendentes de los próximos cinco años. Lo que sí sabemos es que habrá cambios que –otra vez– nos van a cambiar la vida y van a disparar la productividad. Más nos vale estar preparados.
 
Twitter: @E_Q_