Opinión

Sudáfrica, ¿xenofobia
o retos de la migración?

 
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 [Objetos relacionados con la figura del fallecido Nelson Mandela se han agotado en los locales comerciales de Sudáfrica. / Reuters]  

La oleada de violencia contra los africanos extranjeros que azotó a Sudáfrica en las últimas semanas y provocó una estampida de inmigrantes sorprendió a muchos, aunque no fue la primera vez que ocurrió una situación conflictiva de esa naturaleza. En 2008 murieron 67 extranjeros como consecuencia del enojo de sudafricanos desempleados ante los somalíes, etíopes, eritreos, congoleños, zimbabuenses y mozambiqueños atraídos por el sueño de una vida mejor en Sudáfrica que en sus países de origen.

Algunos medios inmediatamente hablaron de una marejada de xenofobia en el país de Mandela y el apartheid. Conviene analizar objetivamente –no sin alarma– la situación, que constituye un caso grave más de los problemas no resueltos de la sociedad mundial frente a las migraciones y el desarrollo.

Sudáfrica es uno de los países de mayor ingreso per cápita del continente y seguramente el más atractivo para las migraciones internas. Los pobres y desempleados del norte de África tienen a Europa como su sueño dorado; pero los menesterosos del África subsahariana tienen una opción adicional en su imaginario: el rico país del apartheid que Mandela convirtió en una nación arcoíris.

Sudáfrica hoy sigue siendo una nación relativamente próspera en relación al resto del continente. Pero a exactamente 21 años de la llegada de Mandela al poder –que ayer se celebró en Sudáfrica y en sus embajadas en el mundo– los retos del país son muy grandes. Algunos de esos desafíos se derivan del infame legado del apartheid; otros son de nueva manufactura local y global.

Sudáfrica es hoy un país con mayor población que en 1994 –50 millones de habitantes– con un ingreso por cabeza de ocho mil 500 dólares anuales, pero con una pésima distribución del capital y del ingreso, heredada del apartheid y una tasa promedio de desempleo de 25 por ciento –que entre los blancos puede ser de 8.0 por ciento y de 15 por ciento entre los mestizos, pero que llega a 35 por ciento entre la población negra– y se agrava en las zonas rurales. La pésima distribución de la propiedad de la tierra sigue conduciendo a una gran migración del campo a las ciudades.

Sin embargo, su economía ha atraído a cerca de dos millones de migrantes y sigue constituyendo un imán para pobres y marginados, así como para perseverantes pequeños comerciantes, técnicos y profesionistas de estados fallidos o con problemas mayores de pobreza y desempleo que la tierra de Mandela. Algunos sudafricanos –al igual que nuestros vecinos del norte o los europeos– responsabilizan a los inmigrantes de quitarles empleos o de abatir sus ingresos, ya que los extranjeros están dispuestos a trabajar por menores salarios y a veces con la típica mayor intensidad del migrante.

La problemática se ha agravado por la crisis global de 2008 y la caída de los precios de las materias primas, que han conducido a tasas más bajas de crecimiento de Sudáfrica; pero también porque, a pesar de los avances de dos décadas en educación, salud y vivienda y al empoderamiento negro, los logros están por debajo de las aspiraciones de una nueva generación que no experimentó la discriminación del apartheid, demanda mayores satisfactores materiales y está cansada de promesas incumplidas y corrupción.

También hubo errores. Los nueve millones de zulús, la mayor etnia en la zona de Durban y la provincia de Kwa Zulu Natal, pero influyente también en Johannesburgo, escucharon a su rey Goodwill Zwelithini (monarca tribal constitucional) expresar que ante la falta de empleos los extranjeros deberían “hacer sus maletas” e irse. El presidente Zuma, también zulú, tardó en reaccionar. El rey denunció que sus palabras habían sido sacadas de contexto y condenó la violencia y la presión sobre los inmigrantes. Zuma condenó los actos; recordó que los migrantes provenían de países que en su momento habían apoyado al movimiento antiapartheid y formó ya una comisión intersecretarial y una fuerza policiaca para atender la crisis y evitar polvorines futuros. Pero los hechos han dado una mala imagen a la tierra de la lucha por los derechos humanos.

Lo que pocos advirtieron en los medios es que la semana pasada Addis Ababa, la capital de Etiopía, uno de los países de origen de los inmigrantes, enfrentó una marcha de 100 mil desempleados exigiendo justicia. Etiopia ha crecido en los últimos 15 años a una tasa promedio de 8.0 por ciento anual (con años al 15 por ciento), gracias a la demanda de materias primas y las inversiones de países occidentales y emergentes como China y Corea del Sur y un mejor gobierno político y económico; pero ello ha ocurrido a partir de índices de desarrollo humano de los más bajos del mundo. De continuar por el buen camino, tardaría muchos años, con un ingreso per cápita de 505 dólares, en alcanzar los niveles sudafricanos (ocho mil 200). ¿Habría que culparlos por emigrar a Sudáfrica o a Italia? ¿Habría que crucificar a los zulús desempleados?

El dilema de Sudáfrica, de Estados Unidos y de la Unión Europea es el mismo de México y todos los países que enfrentan los efectos de contextos globales y nacionales crecientemente desiguales,  y de una gobernanza global incapaz de enfrentar las aspiraciones de una sociedad cada vez mejor comunicada, propensa a reaccionar frente a la injusticia y a trasladarse a donde pueda encontrar respuesta a sus necesidades.

La ONU, el Banco Mundial y los países que los integran, ¿qué hacen para actualizar sus estructuras, agendas y formas de operar a las nuevas condiciones internacionales? Hay demasiadas señales en el horizonte de que se requieren respuestas nuevas, distintas, de fondo. Más vale que los países poderosos reaccionen ya con energía y visión de futuro ante los retos globales, incluyendo los de las migraciones y el desarrollo.

El autor fue director general de la ONUDI 1992-97 y embajador de México en Sudáfrica 2002-07.

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