Opinión

¿Subordinación o padrotismo fiscal?

Ya en la segunda mitad del año y como reflejo del bajo nivel del crecimiento económico, las haciendas públicas de las entidades federativas se encuentran estancadas, no sólo por la dependencia demostrada respecto de las transferencias federales y el bajo nivel de sus ingresos propios -con los casos extremos de Oaxaca, Chiapas y Guerrero cuya recaudación propia es casi nula, lo que contrasta con Nuevo León o Campeche que recaudan cerca de la quinta parte de sus ingresos totales-, sino por el incremento en las deudas de algunas de ellas, que significa usar recursos del presupuesto para pagar su servicio. Sin generalizar, esto muestra el abandono de su responsabilidad fiscal y un futuro negro.

A mayo las participaciones superaban lo pagado en 2013, incluso 8 por ciento arriba, pero casi 6 por ciento menos en términos reales respecto a lo pagado en 2008, lo que hace más evidente lo nocivo de esta dependencia, que no sólo es culpa de las entidades sino también de la resistencia a regresarles facultades tributarias. Cierto que muchas veces las entidades han dado la razón al centralismo con su comportamiento, pero aquellas que sí las demandan, no han sido escuchadas. Quizá si la devolución de las responsabilidades recaudatorias estuviera empatada con las de gasto, podría ser un buen incentivo o un candado.

Si no, vivamos felices con la subordinación fiscal y el padrotismo recaudatorio, como diría un clásico del norte.

A pesar del bajo potencial recaudatorio de las potestades que les quedan, es claro que el esfuerzo es diferente; sin embargo, parece a veces que se premia el desinterés fiscal, la desorganización administrativa y la opacidad, lo que se refleja en las transferencias de gasto federalizado condicionado.

Por otra parte, las fórmulas de distribución de los recursos no condicionados descansan en la población domiciliada, ya que desde 2008 se eliminaron los incentivos al esfuerzo recaudatorio local que tenían las fórmulas de 1990, particularmente en predial y agua para los municipios y los impuestos asignables para el Fondo General. Dicha fórmula se resiste a morir, ya que “gracias” a las tasas decrecimiento del PIB de 2008 a la fecha, la recaudación federal participable se encuentra casi en sus mismos niveles en términos reales, y por un mecanismo de garantía, más de dos terceras partes de las participaciones aun se distribuyen con las fórmulas de 1990. No sucede lo mismo con las fórmulas vigentes que todo lo apuestan a la población domiciliada, lo que premia a muchos que no hacen el esfuerzo recaudatorio de ingresos propios adecuado, y castiga a otros que si lo hacen.
A nivel local –escribiré algo al respecto– hay fórmulas verdaderamente absurdas como la de San Luis Potosí u otras que intentaron clonar la federal.

Hoy está vivo el drama michoacano, que sí recibieron unas finanzas endeudadas, no como las magnificó el gobierno de Vallejo que incluía hasta compromisos futuros; sin embargo, nunca se vieron acciones para remediarlo y hoy sin el apoyo federal no vivirían. Ahí están las observaciones de la Auditoría Superior de la Federación. Todos tienen fuentes recaudatoria importantes, incluso Guerrero y Oaxaca, aparte del turismo, pero ahí se inhiben inversiones como las de la Parota y la energía eólica y no se cobra. Lo que importa es la intención.

Para quienes creemos en un federalismo descentralizador, estos no son los mejores ejemplos para defenderlo. Aunque hay excepciones, como el caso de Campeche, que ha incrementado sustancialmente la recaudación de ingresos propios.

No son casualidad los casos penales en que se han visto envueltos muchos exfuncionarios de Finanzas de las entidades federativas. El caso más notable es San Luis Potosí, donde los de las últimas dos administraciones han estado en la cárcel, por una mezcla de errores en su gestión y por cuestiones políticas, pero ello es significativo.

Correo: brunodavidpau@yahoo.com.mx