Opinión

Subastas de arte

 

En el mundo del arte también hay vacaciones. A partir de estos días las actividades, sobre todo de mercado, descansan hasta septiembre.

La euforia comercial que despierta con Art Basel (hablamos de ella anteriormente) termina con las grandes subastas de arte que concluyeron justo la semana pasada. El 1, 2 y 3 de julio las grandes casas de subastas internacionales Christie’s, Sotheby’s y Phillips pusieron a la venta grandes lotes de arte contemporáneo y de la posguerra. En todas se rompieron récords de ventas, una vez más.

La pieza que más valor alcanzó en Christie’s fue Study for head of Lucian Freud, de Francis Bacon (1967), vendida en 19 millones 664 mil 609 dólares, pero el que realmente sorprendió fue un cuadro de Peter Doig, Gasthof (2002-2004) que, estimado en 5 millones de dólares, alcanzó casi 17. En el caso de Sotheby’s, fue curiosamente un Francis Bacon también la pieza más cara: Triptych of George Dyer (1964) llegó a los 45 millones de dólares. En Philips, la menor casa de las tres, que maneja un perfil más bajo, sorprendió el alza del artista David Ostrowski, que vendió su obra en 292 mil dólares. Comparado con el autorretrato de Andy Warhol, que alcanzó 4 millones 281 mil 550 dólares, no parece mucho, pero Ostrowski es un artista de tan sólo 33 años de edad.

Es de tomar en cuenta que en la subasta de Christie’s se incluía por primera vez la icónica pieza de Tracey Emin, My bed (1998), de la que hablamos justamente hace un par de semanas. Ésta alcanzó 4.3 millones de dólares.

Las ventas de las tres casas de subastas juntas, en un lapso de 72 horas, sumaron al rededor de 377 millones de dólares.

Las subastas de arte están sujetas a la ley de la oferta y la demanda, y supuestamente manejan una transparencia que termina siendo objeto de suspicacia: los precios finales se hacen públicos, pero no el comprador. Así, a través de estas prácticas se determina, teóricamente, el valor de las obras de arte y la relevancia de un artista no sólo en el mercado, sino en el panorama artístico en general o hasta histórico.

David Zwirner, uno de los hombres más poderosos del mundo del arte, galerista y dealer, tiene razón cuando dice que es más fácil hablar de dinero que de arte. Las escandalosas cifras de ventas que se manejan aparecen como un síntoma más del exceso y despilfarro de una clase económicamente privilegiada, y no como la sensibilidad del comprador ante una producción humana, resultado del proceso creativo y personal de un artista.

El arte, y más el contemporáneo, es un producto extraño. Sí, de lujo para unos, pero fundamental en la vida para otros. En él se concentra una profunda carga sensible subjetiva y simbólica que también habla de nosotros como humanidad y sociedad.

Pero en estos casos parece ser una moneda de cambio en un sistema a punto de colapsar, así como los diamantes en las naciones al borde de la insurgencia o las commodities alimenticias para el fast trade. Ese inflar el mercado de manera fácil, sin restricciones fiscales, es lo que han llamado “la burbuja del arte contemporáneo”.