Opinión

'Spotlight'

 
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Spotlight. (Reuters)

El equipo de investigación periodística del Boston Globe que dio nombre a la película premiada el pasado domingo en la ceremonia de los Oscar merece un comentario especial.

Todos los medios informativos del mundo, impresos, electrónicos e incluso ahora los digitales, saben con certeza que dedicar un equipo de cuatro o cinco profesionales, durante semanas, a la investigación de un solo problema, social, político, económico o del orden que sea, implica un sacrificio. Los señores de las finanzas y los presupuestos se ponen “difíciles” por dedicar esos recursos a una sola pieza de información cuando el medio demanda enormes cantidades de contenidos todos los días.

Desde el otro lado de la mesa, quienes integramos el área editorial y defendemos con argumentos y estrategias la necesidad vital de esos equipos, apelamos sólo a un principio: calidad informativa. El trabajo colaborativo de cinco reporteros o investigadores, para producir un tema de la complejidad, intereses, corrupción y colusión que Spotlight develó, tiene un impacto y una trascendencia transformadora.

Es importante subrayar que el interés y el objetivo primario de un medio no es desatar los cambios sociales, sino informar y divulgar información relevante a su público. Pero la consecuencia inmediata de este acto de difusión tendría que ser, pudiera ser, el inicio de un proceso de cambio social, de toma de conciencia, de ejercicio legal de la autoridad.

La Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de los Estados Unidos, con frecuencia veleidosa y voluble, con su propia agenda
–según los directores y productores de cine– premió el domingo no a la película Spotlight –a mi juicio– sino al equipo de investigación del Boston Globe. Y lo digo porque como película, como producción cinematográfica, como narración visual de un hecho real y no de ficción, es bastante plana y simple. Carece de tensión, de fotografía espectacular –como al premiado Lubezky en The Revenant- casi de personajes.

El Oscar fue al impacto social que la historia produjo en más de 600 personas víctimas de pederastia clerical, en una Arquidiócesis que sistemáticamente –como tantas otras– había ocultado los hechos y encubierto a los delincuentes.

La investigación del diario demostró una práctica extendida, conocida y escondida por un sistema clerical roto, corrupto, sucio y criminal. El célebre Cardenal Bernard Law, que fue injustamente rescatado por el Vaticano y asignado a una de las cuatro Basílicas mayores de Roma, merecía haber sido acusado por encubrimiento y encarcelado. Tamaño escándalo para la Iglesia católica el que uno de sus “príncipes” hubiera ido a dar a una prisión.

La Arquidiócesis de Boston es la única en el mundo donde su titular ha sido retirado y resguardado dentro de los muros intocables del Vaticano, por la rebosante cantidad de casos de pederastia clerical. La película no sólo transmite un poderoso mensaje –ahí su indiscutible valor y justificado premio– porque le dice al mundo lo que significó revelar y oxigenar el tema: no solamente desenmascarar a docenas de curas criminales, sino establecer un antecedente jurídico ante miles de víctimas infantiles, que sufrieron por años el abuso, y después el remordimiento culposo sembrado con perversidad por los sacerdotes infractores.

La película que reproduce los hechos –no es un documental– le dice al mundo “hasta aquí”, no podemos como sociedad continuar encubriendo o protegiendo a aquellos delincuentes, que revestidos en sotanas y estolas, cometen los más infames crímenes de abuso sexual contra menores. La película no nos dice cuántos se suicidaron, se convirtieron en drogadictos –aunque lo insinúa– o fueron a dar a la cárcel como delincuentes atormentados por la culpa, el remordimiento y el desprecio, entre otros, hacia su propia persona.

Muchas diócesis del mundo han registrado casos y denuncias, la mayor parte de ellas en la discreción de los negociadores que buscan “arreglos extra judiciales”. En Irlanda, en España, en México han habido casos notorios, protegidos por la jerarquía católica.

En su reciente visita, el papa Francisco evitó el tema en territorio mexicano. Lo abordó durante el vuelo de regreso a Roma, a pregunta expresa de un reportero: “un obispo que oculte a un sacerdote pederasta debe renunciar y retirarse” dijo Francisco. Palabras incompletas e insuficientes a un acto criminal que debiera recibir la máxima condena, la expulsión, el escarnio público para detener su cíclica repetición, en vez del encubrimiento institucional y el traslado a las “clínicas de retiro”, para ver si se “componen”.

Felicidades a Spotlight, un ejemplo de alta calidad periodística con profundo efecto social. Felicidades a la Academia, por empoderar un mensaje tan trascendente.

Twitter: @LKourchenko

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