Opinión

Soy víctima de la improductividad

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Departamentos de lujo en el DF. (Cuartoscuro)

Contraté hace poco un despacho de interiorismo al que solicité completar la decoración de una habitación en mi casa. La promesa de la interiorista era arreglar tres cosillas, y proponerme materiales y mobiliario que generara un ambiente zen, de acuerdo a lo que solicité. Pero no obstante su (aparente) conocimiento al respecto, el servicio se convirtió en una experiencia desagradable.

En primer lugar sus cotizaciones tardaron años en llegar. Lograr que me dijera cuánto costaría fabricar un mueble o montar una lámpara ha sido una hazaña. Más adelante resultó una tortura hacerle entender a esta mujer que mi propósito no es adquirir mobiliario caro de importación. Los típicos muebles italianos que cuestan una millonada me dan prurito; lo que busco es armonía en el diseño, estética, y alguien que conozca del tema.

Pero la diseñadora no entendió. Por cuanto canal pudo, sugería, proponía y presionaba para que yo admitiera comprar los muebles que ella empujaba. Cuando vi que me quería vender un sillón de 10 mil dólares pensé que era una broma. ¿Un tapete? 79 mil pesos. Evidentemente repelé y solicité que buscara otro tipo de proveedores.

La cosa reventó anteayer cuando le conminé a investigar la conveniencia de que me sugiriera un buen tapete hecho en Teotitlán del Valle, Oaxaca. Al menos debió desmayarse. Ella insistía en que yo adquiriera tapetes traídos de Oriente Medio. ¿Su argumento? Son importados y están hechos a mano. Como si los de Oaxaca fueran de segunda.

Me parece peculiar que personas formadas en las mejores universidades de México –como esta chica– sean tan insensibles a las necesidades de los clientes. Pero el pequeño negocio en el que ella trabaja no es tan distinto de las medianas y grandes empresas en México, donde la mayoría de la gente está acostumbrada a obtener amplios márgenes exprimiendo al cliente. De tal suerte, así como a ella no le resulta atractivo cobrar una mucho menor comisión por un tapete bien seleccionado de Teotitlán del Valle, a muchos empresarios no les sale el negocio cuando el cliente quiere mejor precio, mejor calidad, o menores costos de transacción.

¿Alguien se ha preguntado por qué no prosperan vigorosamente los despachos de arquitectos e interioristas para inundar a las clases medias de un mejor gusto en sus casas y apartamentos? Simplemente porque no saben ser empresarios. Con poco esfuerzo quieren amplio margen de ganancia. Y ahí, justamente ahí, reside la poca productividad de toda la economía mexicana: en la ofuscada creencia de que una estrecha utilidad es siempre desechable. Recuérdese aquella frase de empresa pobre, empresario rico. Porque si no hay empresario rico, pues mejor que no haya empresa, ¿cierto?

* Me voy de vacaciones. Volveré a publicar el lunes 10 de agosto. Se divierten.

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