Opinión

Son niños, no valen nada

 
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Niños. (www.durangoaldia.com)

Los ves desde la ventanilla de tu auto. Están en muchas calles de la capital y también de otras ciudades. Los más pequeños juegan en los camellones con algo de plástico o con alguna botella vacía. Hay quienes venden cigarrillos y otros comida o bebida en bolsas transparentes. Los más crecidos acompañan a los adolescentes a limpiar con trapos los parabrisas de quienes puedan sorprender.

Cuando forman grupitos, se avientan entre sí y retozan como si fueran caballos.

Sus rostros morenos muestran una incomprensible alegría. ¿Por qué están contentos? Visten cualquier cosa, un pantalón raído y una playera con lamparones oscuros. Te has acostumbrado a su presencia de ráfaga y nunca te detienes a verlos bien y mucho menos les das alguna moneda. ¿A que no piensas que pudieran ser tus hijos?

La ONG Humanium escribe que en el mundo hay más de 250 millones de niños que trabajan en condiciones ilegales y hasta peligrosas.

Adicionalmente, cada año más de un millón y medio de estos pequeños son víctimas de tráfico humano. Por supuesto, junto con la Organización Internacional del Trabajo se han cansado de repetir que nada de eso debiera ocurrir. Se les hace poco caso… o nada. Hay países que, como respuesta, cargan con tareas más pesadas, sus pequeñas y huesudas espaldas.

¿A qué edades comienzan a trabajar? Aunque la edad legal mínima en que los niños están autorizados a trabajar es de 14 y 15 años, los hay que, apenas caminan, sus padres, poseedores y dueños les encomiendan sus primeros trabajos recogiendo varas, piedras y llevando o trayendo diversos objetos.

Las peores formas de trabajo infantil consisten en todas las variantes de esclavitud o prácticas semejantes como el trabajo forzoso, la trata o la esclavitud por deudas o servidumbre. Esto incluye actividades ilícitas que pueden poner en peligro la seguridad, la salud o la moral de los niños como la prostitución, la pornografía, el reclutamiento obligatorio debido al tráfico de enervantes, conflictos armados o el tráfico de drogas.

Hay otras actividades que sólo consisten en ayudar a los padres a completar las tareas de la familia y otras en las que los niños pueden dedicar tiempo a ganar un poco de dinero.

Nosotros no los vemos, estamos ocupados en los grandes asuntos del país como son luchar contra los vendavales que amenazan nuestra economía personal y familiar; queremos vivir sin violencia y con el gusto que nos daría ver en la cárcel a tanto maleante de cuello blanco.

¿Cómo nos vamos a preocupar de los niños de la calle o de los que tienen un trabajito? Eso no cuenta, nosotros, los nacionalistas, luchamos para que Trump no llegue a la Casa Blanca y que el Senado apruebe la ley ‘3de3’.

Bien que lo sabemos, el niño que se agota en la sumisión de un trabajo, limitará considerablemente la posibilidad de salir de la pobreza puesto que carecerá de estudios y calificación en su porvenir. Así perpetuará su lamentable condición y, de aquellos que llegue a engendrar más tarde.

Los niños procedentes de entornos desfavorecidos, de grupos minoritarios o sustraídos del seno familiar carecen de protección y seguridad. Sus empleadores hacen lo que sea para mantenerlos invisibles y, en consecuencia, ejercen un control total sobre ellos para convertirlos en seres degradados al socavar sus derechos y principios fundamentales. Aquí y en el mundo, se les trata como empleados domésticos, son vendidos para abastecer redes de prostitución, son explotados en plantaciones y minas, son secuestrados para proporcionar mano de obra barata y son sometidos por los narcos y utilizados por los sicarios.

Nosotros no los vemos, volteamos la cara al otro lado; preferimos deleitarnos con los muchos partidos de la Copa América y la Eurocopa. Por supuesto, junto con nuestros hijos y nietos, nos reímos cuando en los estadios la afición mexicana grita y corea ¡puuuto! al guardameta contrario.

Twitter: @RaulCremoux

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