Opinión

Somos efímeros

   
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Somos efímeros.

El pasado jueves murió a los 77 años de edad Vito Acconci (The Bronx, 1940), uno de los artistas más originales y difíciles de catalogar, que sin embargo se convirtió en referencia -casi un padre– tanto para el performance como para el videoarte contemporáneo. En un inicio, Acconci estudió literatura, y en los años 60 dejó Nueva York para recluirse en Iowa en un taller de poesía. A su regreso -probablemente inspirado por el arte feminista producido en esa época- Acconci derivó naturalmente hacia un arte subversivo que usaba su propio cuerpo como soporte, pero se mantuvo cercano a un histrionismo y una brutalidad que asoció con la creación poética.

En Follow Piece (1966) –una de mis obras de arte favoritas de todos los tiempos– Acconci sale a la calle, cámara en mano, y sigue todos los días durante un mes a un extraño al que filma sin su permiso, hasta que éste entre en un espacio privado. Esta pieza se enfoca en la duración temporal, y en las dos esferas –la pública y la privada– que nos definen a los seres humanos, e integra en la práctica artística un rango de emociones primarias como el miedo, el deseo, la soledad, la agresividad o la violencia.

Los mismos elementos conforman su pieza seminal Seedbed (1971). Para esta pieza Acconci construyó una rampa de madera en la galería Sonnabend de Nueva York, debajo de la cual se escondió. A partir de un sistema de circuito cerrado, el artista podía observar en un monitor los movimientos de los visitantes que entraban a la galería, en ese momento Acconci, con la ayuda de un micrófono, comenzaba a dirigirse a ellos mientras se masturbaba, improvisando impresiones, instrucciones, ocurrencias sobre ellos, convirtiéndolos a la vez en objeto de juego, en objeto sexual, en presas de una caza.

En estas obras tempranas Acconci trastocó la relación artista-espectador, desafiando la recepción pasiva tanto de la obra de arte como de la acción política, al mismo tiempo que denunció el estado de vigilancia que se va desarrollando con el avance de la tecnología, aunque ni en sus peores delirios podría haber previsto el asedio de los algoritmos de hoy en día.

El arte performático no se centra en la creación de objetos, sino en el entendimiento del arte como una práctica diaria que se inserta dentro de un espacio que cambia constantemente, y que permite la generación de nuevas ideas. A principios de los años 70, el video nacía como forma de expresión y quizá nadie mejor que Acconci (quien hacía varios performances por semana, que grababa) supo entender y cuestionar la herramienta de control que este medio implicaba. Fue después de esta serie de performances/obras que Acconci decidió de forma intempestiva alejarse del mundo de las galerías para abrir con su esposa una oficina de arquitectura, desde la cual crearon parques públicos, espacios para museos, puentes, áreas lúdicas.

En los años 80 comenzó a crear instalaciones temporales, inspirado por su experiencia como arquitecto y diseñador, y en 1983 construyó su primera instalación permanente, Way Station, una especie de santuario concreto que se oponía a cierta abstracción de la agresividad estadounidense. Un cobertizo de metal donde pintó banderas de los Estados Unidos, de la Unión Soviética, China, Cuba y la Organización para la Liberación de Palestina. En el interior colocó unos paneles con inscripciones que decían GOD, MAN, DOG (Dios, hombre, perro). Esta pieza, que aspiraba a ser una especie de santuario de recogimiento y reflexión, fue incendiada en 1985 por un grupo anónimo, y a pesar de las constantes demandas de la universidad por reconstruirla, el artista nunca accedió a hacerlo.

Vito Acconci creó un cuerpo de obra extremadamente generoso y valiente que detalló personalmente, escenificándose a la vez como psicópata, aprendiz de brujo y poeta, recorriendo así lentamente el largo camino que nos hace efímeros.

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