Opinión

Sólo se regenera lo que se ha degenerado

 
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Ricardo Anaya ganó el pasado domingo la votación interna del PAN, y será el próximo dirigente nacional de ese partido. (Cuartoscuro)

El excelente amigo y compañero de militancia política Salvador Reding Vidaña, cuya magnífica pluma sabe abordar con madurez y ponderación los temas por más arduos que sean, difundió en días pasados un texto que no tiene desperdicio. Con mucho sentido común, acertadamente dice que conforme a la semántica si algo se debe “regenerar” es porque se ha degenerado.

Afirma lo anterior en razón de que la actual dirigencia panista, que ya debería haber abandonado la palabrita, insiste en conservarla: Regenerar, para aplicarla a las presentes circunstancias de la organización. Dice Salvador que le recuerda la muy infortunada palabra de la campaña presidencial de Josefina Vázquez Mota: “Diferente”, que sólo sirvió para recibir preguntas incontestables.

De acuerdo a la sana lógica, señala: “Hablar de una regeneración de Acción Nacional es decir forzosamente que este partido está degenerado”. Si tal es la realidad, la pregunta entonces es ¿qué debe hacer el partido ahora?

De entrada, también de acuerdo a la lógica de las cosas, hay que ver qué es exactamente lo que ha sucedido y perjudicado tanto al panismo.

Si no se tiene este diagnóstico será imposible formular una estrategia de recuperación de la buena imagen del partido, imagen “que se fue diluyendo gravemente en los últimos años”, escribe Reding. Y agrega: “Si hay degeneración es de cosas específicas y en general producto de autores y causantes personalizados y personalizables”.

De cuanto negativamente ha sucedido, probablemente de dos décadas para acá, lo más notorio ha sido la llegada de miles y miles de oportunistas a la militancia panista. Y a todos los niveles. Desde el que se incorpora a las filas exclusivamente con el ánimo de obtener en el ámbito municipal, a manera de gaje o prebenda, el modestísimo cargo de subjefe de cuadrillas de limpia o ayudante de inspector de mercados, pasando por los más pretenciosos que no se conforman con menos de una diputación o senaduría, hasta los más exigentes que se consideran merecedores de una secretaría de Estado y aun candidatos presidenciales.

De acuerdo a la tradición histórica y mística panista vivida intensamente durante más de medio siglo, no pueden tener cabida en sus filas quienes no lleguen con auténtico espíritu de servicio. Al menos así lo declaró con toda claridad en la instalación misma de la asamblea constitutiva su ilustre fundador, Manuel Gómez Morín, al proclamar:
“aquí nadie viene a triunfar ni a obtener, pues sólo un objetivo ha de guiarnos: el de acertar en la definición de lo que sea mejor para México”.

Una pregunta pertinente, que por supuesto jamás tendrá respuesta pero se adivina, es plantear si esta legión de oportunistas habría, o no, ingresado a las filas panistas, cuando ser miembro de Acción Nacional era estar permanentemente amenazado con todo tipo de represalias y persecuciones. Y el repertorio de éstas era amplísimo.

Todo lo demás que señala Salvador Reding en su estupendo texto (trampas internas, coacción, compra de votos y candidaturas, padrones inflados, “cuatismo”, “moches”, corrupción, etc.) se deriva, quiérase o no, de esa actitud inicial al ingresar.

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