Opinión

Sólo hay que ser,
sólo hay que vivir: Piero Manzoni

   
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Piero Manzoni

- “Todo lo que escupe el artista, es arte”.

Kurt Schwitters, artista Dadá


Durante julio y agosto, el mundo del arte descansa. Ferias, subastas, bienales y otras instituciones bajan el ritmo para dar el último sprint del año reanudando actividades en septiembre. Afortunadamente, esta pausa se sincroniza con varios natalicios históricos; es una buena oportunidad para hablar de artistas y teóricos que son fundamentales para entender el arte contemporáneo. Aclarando el contexto histórico tal vez podamos mitigar un poco el gran escepticismo ante la producción actual o, por lo menos, dar a nuestros lectores herramientas para debatir sobre el tema. Y esta desconfianza e ironía ante el arte no pueden estar mejor ejemplificadas que con la obra del italiano Piero Manzoni.

Manzoni nació en Cremona, Italia, el 13 de julio de 1933. El próximo lunes cumpliría 82 si no hubiera fallecido prematuramente a los 30 años de edad y debido a un infarto fulminante en 1963. No obstante, lo breve de su vida artística -su primera exposición fue en 1957 a los 23 años- su trabajo fue piedra angular para el arte conceptual de mediados de los 60.

El arte de Manzoni está fuertemente influido por el Arte Povera italiano y el Informalismo francés, corrientes de posguerra que confrontaban el sentimiento europeo de decepción y fracaso -sobre todo de los países “perdedores” como Italia- con el intelectualismo, el pensamiento y el peso de la historia. En este ambiente de angustia y necesidad de expiar culpas, el ambiente europeo sufre un proceso de desmaterialización, de deslinde con su forma física para desarrollar una fase más personal, humana, subjetiva y cercana al individuo.

Las primeras obras de Manzoni, llamadas Acromos (1957-61) intentaban llevar la pintura a su grado cero, a través de la acromía (sólo utilizaba el color blanco) y liberándola de su condición bidimensional, emparentándola así con la escultura. Experimentando con diversos materiales como el yeso, el caolín o el algodón, Manzoni creaba superficies blancas con texturas, pero sin narrativa ni historia. Estas piezas dan la sensación de desiertos conceptuales donde el material se manifiesta en sí mismo, pero sin lo mental, científico y geométrico de la abstracción rusa.

La falta de figura, color y tiempo de la obra temprana de Manzoni crea un vínculo directo con lo fáctico y la materialidad de los objetos -parecido al Povera. Ese rasgo corpóreo en Manzoni se fue radicalizando, sobre todo ante el creciente auge del Expresionismo Abstracto americano y la aparición del grupo multidisciplinario Fluxus con sus happenings, que no sólo desmaterializaban el arte, sino que lo volvían un acto humano que cualquiera podía realizar.

Fue en 1961, con sus Esculturas Vivientes, que Manzoni sentó el precedente del cuerpo humano como componente artístico y del inmenso poder creativo del ejecutante. En estas piezas firmaba una parte del cuerpo de alguien del público para así darle a esa persona la efectividad de obra de arte. A estos actos “performativos” se suman obras como Fiato d’artista (Aliento de artista, 1960), globos inflados por Manzoni sujetos a una base de madera y sus célebres Bases Mágicas, pedestales de hierro donde cualquier cosa podía calificarse como obra de arte.

Sin duda la pieza que catapultó a Manzoni, haciéndolo internacionalmente célebre, fue Merda d’Artista (Mierda de artista, 1961), una serie de 90 latas rotuladas en italiano, francés, inglés y alemán con la leyenda “30 gr de Excremento de Artista”. Estas latas eran vendidas por gramo al precio de cotización del oro. Esta pieza obra no sólo criticaba mordazmente el creciente mercado internacional; también otorgaba a toda huella humana -incluso biológica- calidad artística.

Creo que todos los que conocemos la famosa lata de Manzoni nos hemos preguntado si realmente contiene lo que describe la etiqueta. En 1989 el artista Bernard Bazile realizó la pieza Boîte ouverte de Piero Manzoni (Abriendo la lata de Piero Manzoni), donde destapa una lata original para dejar al descubierto el contenido, que inesperadamente es otra pequeña latita envuelta en algodón.

Importa poco si el contenido es realmente el excremento de Manzoni, lo extraordinario es el gesto metafísico, donde el artista de una manera casi mágica vuelve arte todo lo que toca, hasta la inmundicia.

Este es un acto casi religioso de fe en el poder inmaterial de la creación artística. Debajo de la capa satírica e irónica de la obra de Piero Manzoni hay un reducto secreto y místico donde el cuerpo encarna un poder ilimitado y trascendental.


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