Opinión

Sobre la vida y la muerte

   
1
      

      

Vida y muerte, Vale Villa. (Schutterstock)

Aceptar que nuestra existencia es finita es un logro grande de la conciencia. Enfrentar la mortalidad puede transformar el modo en que vivimos. Pero lo más frecuente es correr de lo difícil, huir del sufrimiento. Nadie quiere verse sufriendo ni ver sufrir a los que ama, pero nadie se salva de la experiencia del dolor.

La muerte es siempre inesperada, aunque haya diagnósticos cada vez más certeros sobre muchas enfermedades. Ningún médico puede decirle a un enfermo con toda precisión cuántos minutos de vida le quedan. Ninguna persona puede saber cuánto tiempo más vivirá. Por eso la recomendación de vivir cada día lo mejor posible, es mucho más que una cursilería. Alcanzar a comprender que nadie escapa de la fragilidad de la vida es horrible pero también luminoso. Horrible porque la gente que amamos se enferma y se muere en unos meses frente a nuestros ojos incrédulos. Apenas en octubre pasado comíamos en una terraza, decimos. Apenas en octubre platicábamos y nos reíamos y tomábamos vino y la vida nos sonreía durante unas horas. Y repetimos el apenas, como si la vida pudiera ser controlada y no fuera posible, como es, que alguien pierda la salud y muera sin que lo podamos evitar.

La ceguera con la que transitamos por los días, la lejanía que con la enfermedad tenemos, también es responsabilidad de los doctores, incapaces de decir en buen y bondadoso español que alguien que amamos se está muriendo. Peor aún, al moribundo se le oculta la verdad pensando que la ignorancia es una bendición y que es la forma más compasiva de acompañarlo en sus últimos días.

Yo creo que todos querríamos saber si nos estuviéramos muriendo. Y también querríamos que la gente que nos importa lo supiera y pudiera hacer los arreglos necesarios para compartir con nosotros los últimos días y horas. Saber que podríamos aferrarnos a la mano de quien más nos ama en el momento de la muerte, haría de la vida un lugar menos atemorizante. Saber que una muerte digna es un derecho, que seremos respetados en nuestros últimos deseos si es que perdemos la capacidad de hablar o de pensar, sería liberar y liberarnos de la angustia que el momento de la muerte despierta.

¿De cuántas cosas nos arrepentiremos cuando se acerque nuestra hora? ¿Cuánta angustia habremos guardado sin haberla podido nombrar? ¿Cuántos deseos se quedarán sin pronunciar ni cumplir?

La certeza de la muerte es triste pero también es un llamado urgente a comprometerse con las partes de la vida más significativas para cada uno y abandonar tan pronto como se pueda, todo lo que estorba, lo frívolo y superficial. “Porque nada quedará, solo arena. Porque al hacer el recuento de los reinos construidos, también deberíamos mirar la rapidez con la que serán destruidos”. Así lo escribe P.B. Shelley, en su famoso poema “Ozymandias”.

Ver a la muerte a la cara es enfrentar nuestra fragilidad existencial. Pensamos que tendremos tiempo para vivir mejor y también para morir bien. Y posponemos las cosas y nos convencemos de que después es siempre el mejor momento, solo para descubrir que muchos mueren y que nosotros podemos morir sin haber vivido.

Morir por algo es elegir por lo que vamos a morir. Escoger cómo vivir, es escoger cómo morir. Porque somos libres (relativamente) de hacer, pensar y convertirnos en lo que decidamos.

Cuando dejemos de ser, no quedará nada. Reconocer que todos vamos a morir, reconocerlo hoy, reconocerlo ya, abrazar la finitud, puede hacer que cambiemos nuestra relación con la vida.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

También te puede interesar:
Contra el amor*
Año nuevo, una oportunidad para el sentido existencial
Fin de ciclo y terapia