Opinión

Sobre la rendición local de cuentas

 
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Fiscal

Solicito al amable lector su licencia para referir aquí recuerdos personales. La remembranza es acerca de algo ocurrido hace más de medio siglo. Pero la tengo tan presente (con nombres, fechas y demás) como si se tratara de algo sucedido apenas ayer.

Aún adolescente y sin alcanzar todavía la edad ciudadana, ingresé en Torreón a Acción Nacional en abril de 1961. Un año después, en el verano del 62, acudí a colaborar en la campaña panista de Chihuahua, que ese año tuvo elecciones de diputados locales y para gobernador.

En mítines de barrio en la capital chihuahuense me llamó la atención el tono del discurso de un distinguido, combativo y singular panista, el Dr. Octavio Corral Romero. Por cierto, sin parentesco alguno con el actual gobernador de esa entidad. Muy vehemente en su retórica, aun en la presencia del candidato a gobernador, un respetable ciudadano sin militancia panista previa, de nombre Cipriano Rubio Domínguez, en los actos públicos el Dr. Corral solía arengar de la manera siguiente:

Aspiro a ser con su voto –decía- un digno representante de ustedes en el Congreso local. Pueden confiar, por mi permanente trayectoria de servicio, que como diputado cumpliré hasta el extremo y con valentía las funciones de legislador.

A continuación decía más o menos así: La principal obligación de un buen diputado es velar porque los dineros del pueblo se administren con honradez, claridad y eficacia. En lo personal, en aquellos días me sorprendió lo que exponía el Dr. Corral. Hasta entonces pensaba que, si bien no la única, la más importante tarea de los diputados consistía en iniciar, discutir y aprobar buenas leyes.

Cuando eso decía, Corral giraba el cuerpo hacia donde estaba el candidato a gobernador y con el brazo derecho extendido y el dedo índice apuntándole, exclamaba: “Perdóname Cipriano, pero aunque seamos electos por los mismos votantes y seamos del mismo partido, como diputado bien que te cuidaré las manos; tienes que saber desde ahora, así seamos amigos, que no toleraré raterías; seré inflexible en el cuidado del buen manejo de los dineros del pueblo, así es que ándate con mucho cuidado. Ya lo sabes”.

Sobra decir que el candidato a gobernador volteaba a uno y a otro lado y ponía cara de asombro, endurecía el rostro y abría los ojos con mirada de desconcertada extrañeza.

¿A qué viene lo anterior? A que en general los mexicanos conocemos poco o no tenemos muy claro el alcance de esta importantísima función legislativa. Es decir, del enorme papel que en la rendición de cuentas, verdadera, puntual y oportuna, juegan los legisladores. Y por supuesto asimismo en la exigencia de responsabilidades cada vez que detecten desviaciones.

De haberse ejercido con rigor esta importantísima tarea legislativa, difícilmente se habrían presentado saqueos tan escandalosos como los recién detectados en Chihuahua, Veracruz y Quintana Roo, casos que palidecen frente a lo que seguramente se hallará en Coahuila.

¿Qué tanto atienden actualmente esta función las legislaturas locales? ¿Cuánto le dedican en recursos, tiempo y trabajo? En general sabemos poco sobre el tema, por no decir que nada. Recientemente el Instituto Mexicano para la Competitividad, IMCO, publicó una radiografía sobre los Congresos estatales con cifras a 2016. Sobre la función que el estudio denomina “Rendición de cuentas y fiscalización”, informa el IMCO que en promedio los Congresos le destinan el 23.2 por ciento de sus recursos presupuestarios, con casos como el de Morelos cuyo porcentaje es apenas de un mísero uno por ciento. Habrá que profundizar. 

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