Opinión

Sobre la literatura

  
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(Especial)

Tanto para el escritor como para el lector, nos dice Giorgio Agamben en El fuego y el relato, la literatura es la forma de acceder al misterio, pero al mismo tiempo es el lugar donde éste se extingue y oculta sus fuegos. Podemos ver en las novelas cómo una vida individual se une a un elemento divino, o al menos sobrehumano, de modo que las vivencias y peripecias de un hombre o una mujer adquieren un significado que las supera y las convierte en un enigma. El lector, al seguir las situaciones y eventos que la novela teje en torno a sus personajes, participa de algún modo e introduce su propia existencia en la esfera del misterio, del mismo modo en que un iniciado en los misterios eleusinos penetraba en ellos a través de la evocación mímica o danzada del rapto de Kore en el Hades.

Todo relato es memoria de la pérdida del fuego. “No sabemos ya encender el fuego, no somos capaces de recitar las oraciones y no conocemos siquiera el lugar en el bosque: pero de todo ello podemos contar la historia”, dice Rabi Israel de Rischin al enfrentarse a una tarea difícil que sus antecesores resolvían, justamente, al encender un fuego y pronunciar las fórmulas adecuadas en un lugar preciso del bosque, es decir, al realizar un sacrificio. Lo que queda del misterio es, pues, la literatura, que es el recuento de su abandono. Por eso es una forma de regresarnos a él, siempre y cuando quede latente en ella su relación con el fuego. De lo contrario el relato no es creíble.

Es esta relación con el fuego la que interesaba a Roberto Walzen al momento de concebir una de las colecciones editoriales más prestigiosas de Occidente: la Biblioteca Adelphi. En Libros únicos, texto incluido en La marca del editor, Roberto Calasso, pupilo y sucesor de Walzen en su proyecto editorial, nos dice: “En definitiva: libro único es aquél en el que de inmediato se reconoce que al autor le ha sucedido algo, y que ese algo ha terminado por depositarlo en un escrito”. El libro, pues, como resultado secundario, como un residuo de otra cosa: de un fuego, de un sacrificio, de una metamorfosis. La del autor, principalmente, pero también la del lector. Legere significa, en origen, “recoger”. Lo que hacemos al leer es precisamente recoger esos residuos, incorporarlos a nosotros para construir con ellos senderos que nos acerquen al misterio de la existencia, del mundo, de la vida.

Por eso el libro no se agota en sí mismo. Tiene un antes y un después que otorgan al acto de la creación un carácter infinito e indeterminado. No sólo para el autor, cuyo libro puede verse como fragmento de una gran obra en progreso e inacabada —y que puede ser incluso objeto de retractación—, sino también para el lector, quien debe saber encontrar y recoger lo no dicho, la capacidad de la propia obra para ser desarrollada por quien la lee hasta llegar a un punto en el que no es posible distinguir aquello que es nuestro y aquello que pertenece al autor que estamos leyendo.

Todo esto es lo que se esconde detrás de un buen libro. Para reconocerlo, hay que sentir su incandescencia en los residuos de un ardor previo y aún humeante, el del autor, que al ser acogidos por el lector encienden en su mente un fuego nuevo que terminará por transformarlo de manera definitiva.