Opinión

Sobre el hervidero de opiniones

Juan Antonio García Villa

La vorágine de acontecimientos que en forma de noticias suele inundar los medios, y ahora las llamadas redes sociales, no puede menos que producir confusión entre los ciudadanos de a pie, simples mortales. Difícilmente alguien que no sea especialista en todo, que hoy nadie lo es, puede estar bien informado de lo que realmente está sucediendo en un asunto determinado. Digamos que hasta en sus detalles más finos, para explicar sus causas y posibles consecuencias.

Lo curioso del caso es que ahora, ante la avalancha de datos en muchos casos sin pies ni cabeza, los medios se retroalimentan a través de encuestas que aplican a sus propios oyentes o lectores, acerca del tema del día o la coyuntura y aun sobre los de gran envergadura. “¿Cree usted que el Chapo hubiera sido capturado sin la participación de las agencias norteamericanas que intervinieron?”

O bien con similar necedad otras como las siguientes: Si el Ejército, en lugar de la Marina, hubiera intervenido en el operativo, ¿Considera que éste habría fracasado? ¿Cree que el Chapo será extraditado? ¿Cree que se fugará de nuevo? ¿Tienen sentido las respuestas a tales preguntas, su tabulación y presentación de resultados? ¿Dicen éstos algo más o menos racional o coherente? ¿Pueden reflejar objetivamente la realidad sobre lo que está sucediendo o de lo que puede ocurrir? Fácilmente se advierte que se trata de algo poco serio. O de plano una tomadura de pelo.

Vaya, sondeos de tal género quizá, en el mejor de los casos, sólo llegan a reflejar estados de ánimo de quienes son consultados como partes de una “muestra representativa”. Pero los estados de ánimo, así sean promedios exactos, en modo alguno son la realidad.

Lo que deben hacer los medios de comunicación que se respeten es investigar con imparcialidad, objetividad y sistemáticamente, los hechos; los que según decían los antiguos “son sagrados” y presentarlos a sus informados “sin editorializar”, salvo cuando así expresamente se diga.

Sí, sí, ciertamente no es fácil distinguir cuándo alguien formula opiniones, comentarios, conclusiones con todo rigor y respeto a la inteligencia de sus lectores u oyentes, y cuándo con mentiras, verdades a medias y sofismas sólo persiguen manipularlos.

Algunos han hecho distinguidos académicos para diferenciar lo que ha de entenderse por “opinión pública” y qué por lo que llaman “opinión publicada”. Si un movimiento de opinión o ideas, por la razón que sea, no es favorable a alguien, se puede entonces refugiar en el concepto de “opinión publicada”. O sea, es lo que informan u opinan los medios, o la gritería que en éstos se refleja, pero que no es la verdadera “opinión pública”.

En su clásica y breve definición del concepto, Sartori afirma que se entiende por opinión pública un simple “hervidero de opiniones”. La distinción entonces no resulta aplicable si tal hervidero de opiniones es sólo resultado de mentiras, verdades a medias o sofismas. Mucho de esto es lo que hoy se está viviendo, aquí y ahora.