Opinión

Sobre el éxito*

      
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Éxito, horizonte (Shutterstock)

Muchas terapias comienzan motivadas por el sentimiento de fracaso del paciente en relación a lo que espera sobre si mismo o al compararse con los otros. La terapia puede aclarar las relaciones que sostiene una persona con el éxito: viene a consulta quien siente que está decepcionando a alguien. Las reflexiones sobre el éxito ayudan a redefinir el futuro y la idea, muchas veces rígida, sobre cómo deber ser el lugar anhelado.

Las decepciones, colapsos, crisis y quiebres, también son oportunidades de crecimiento. A veces las historias transgeneracionales se hacen presentes como síntomas; las dudas reprimidas de los padres sobre sus ideales y ambiciones se heredan a los hijos. Las exigencias implícitas o explícitas de los padres pueden estructurar la vida del niño. A veces pasan años antes de que los hijos puedan ser autónomos respecto de lo que sus padres querían que lograran o en relación a los fracasos que se sienten obligados a reparar, o alcanzar al menos un éxito comparable al del padre o de la madre.

La idea de éxito siempre está definida por la historia: “Lograré lo que mi padre no pudo, seré como mi madre, no seré como ellos, no seré como todas las mujeres de mi generación, encontraré el amor incondicional de alguien que no me excluya como hicieron mis padres”.

Los padres suelen decepcionarse de que sus hijos no lleguen a dónde ellos anhelan, sin comprender lo importante que sería tener fe inquebrantable en ellos: “No creo que las cosas vayan a resultar bien pero la idea de que podrían, es de suma importancia” (Theodor Adorno y Max Horkheimer, Towards a New Manifesto).

El éxito es el logro de los ideales e incluye el miedo al éxito. ¿Qué pasará con nosotros si logramos lo que anhelamos? ¿Cuál es el sentido de la vida después de alcanzar los sueños? ¿Si alcanza todo lo que ambiciona será feliz?

Preguntarse lo que usted quiere para su vida es central, porque no es lo mismo un ideal impuesto desde afuera que uno surgido desde adentro, que lo haga desear y tener ganas de recorrer la distancia que haga falta para lograr lo que parece inalcanzable. Que sea inalcanzable es la condición que define a los sueños: deben ser duraderos, distantes y tener la cualidad hipnótica del horizonte. Nuestras historias de éxito, en las que resolvemos nuestros problemas o gratificamos nuestros deseos, funcionan como auto hipnosis y en ello radica su belleza y su peligro.

El yo necesita una creencia sólida, un compromiso para organizarse y conservar su identidad; sería difícil imaginarse una vida sin ideales, por lo menos una vida que haya logrado preservarse del cinismo.

La sabiduría popular afirma que es importante disfrutar del viaje y no solo de llegar al destino. La psicoterapia con orientación psicodinámica comparte esta idea: es mejor viajar esperanzado que llegar, porque algunas ambiciones existen solamente para nunca ser alcanzadas, por ejemplo los ideales morales: aspirar a ser una buena persona, tener una buena vida, ser una buena madre, un buen ciudadano, una pareja amorosa, un amigo solidario, son viajes que duran toda la vida.

El éxito se construye del deseo de un ideal proyectado al futuro y que requiere de tiempo para alcanzarse. Los futuros posibles son muchos y los yoes posibles, también.

Quizá vamos por la vida sin darnos cuenta de nuestras personalidades múltiples, con voces diversas lejanas al monólogo. A veces somos exitosos en una dimensión y fracasados en otra. Como la madre soltera que decide no volver a tener pareja porque le parece incompatible con la entrega total a la crianza de sus hijos.

En 1916, Freud utilizó a Macbeth como ejemplo de aquellos “destruidos por el éxito”; los que se enferman y dejan de disfrutar del deseo una vez que lo cumplen. Esto también puede llamarse neurosis, que es el conflicto entre los deseos instintivos y los del yo.

Por ejemplo, alguien que decide irse fuera del país a estudiar una maestría, abandonando una relación amorosa importante por considerarla de menor relevancia para su idea personal de éxito. Así es la naturaleza paradójica de las acciones: fallamos en una cosa (la vida amorosa) y tenemos éxito en otra (la maestría).

Siempre estamos haciendo elecciones simultáneas, pero en lugar de ver contradicciones e incompatibilidades, quizá podríamos ver paradojas, que no eliminan el conflicto pero sí amplían el repertorio para describirlo.

Los ideales deben sentirse como afinidades, no como imposiciones. Si se viven como lo segundo, se vuelven intransigentes, tiránicos e hipnóticos (especialmente en la adolescencia y en la juventud). Hay una enorme diferencia entre hacer lo que queremos (que nos hacen sentir vivos) y hacer lo que otros quieren que hagamos (que nos hace sentir vacíos o muertos).

Somos seres que aspiran. La única relación que tenemos con el futuro son los deseos. Desde épocas tempranas, hemos de lidiar lo mejor posible con la envidia y la rivalidad, aceptar el impacto de la dependencia y aprender a recibir reconocimiento.

El miedo al éxito suele ser miedo a la envidia de los otros, por lo que algunos se esfuerzan –exitosamente – en volverse invisibles incluso para si mismos.

Otros que han alcanzado el éxito como lo define la cultura, pueden no sentirse exitosos, porque la experiencia vital es esencialmente desordenada e imposible de controlar.

Tenemos a la mano discursos dominantes sobre las vidas envidiables que a veces se vuelven una guillotina que pende sobre nuestras cabezas.

¿Qué es una vida envidiable y qué es una vida buena? Casi siempre, las vidas envidiables derivan en sentimientos de vacío y falta de sentido. Las vidas buenas se reconocen por sentimientos de vitalidad, sentido y esperanza.

*Basado en el ensayo On success en “One way or another”, Adam Phillips, Penguin Group, 2013


Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Se dedica a la consulta privada y a dar conferencias sobre bienestar emocional.

Twitter: @valevillag

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