Opinión

Sobre derrotas electorales

    
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Delegado opositores a Trump exigían una votación sobre las reglas de la Convención. (Reuters)

La reciente aparición de Hillary Clinton en un evento tuvo de destacado que argumentó algunas de las causas de su estrepitosa derrota. El de Hillary es quizá el fracaso electoral más sonado a nivel internacional en las últimas décadas. No sólo por cómo se dio, sino por quién fue el que ganó. La señora Clinton no solamente tenía tras su espalda el voto de sus electores, sino la esperanza de millones de habitantes del mundo que, justificadamente, temían el triunfo de Trump.

Debió ser durísimo para la excandidata saber que tuvo más de dos millones de votos y aún así perdió. Su derrota fue un espectáculo mundial, la situación por la que atravesó después no es fácil de imaginar. Si las derrotas son difíciles de superar, una derrota en una elección presidencial no es nada sencillo en cualquier país. El perdedor queda expuesto al ojo público como quien no pudo, alguien que carga un fracaso público a cuestas y todos lo saben. Eso, multiplicado a nivel internacional –que es lo que le pasó a ella–, debe ser algo difícil de superar.

La señora Clinton, como todo candidato perdedor, sigue en la búsqueda de culpables. En el evento mencionado, dijo que la culpa había sido del director del FBI y también la emprendió contra el gobierno de Vladimir Putin. Clinton mencionó que gente que quería votar por ella se desanimó con la información divulgada por el FBI, de que abría de nuevo una investigación en su contra. “Si las elecciones se hubieran celebrado el 27 de octubre, yo habría sido su presidenta”.

Lamentablemente las elecciones fueron el 8 de noviembre. La vida de los candidatos perdedores está hecha de esos pequeños momentos en los que tuvieron un éxito inusitado, esas fechas en que de haberse llevado a cabo la elección hubieran ganado. Y como todo en la vida, se preguntan constantemente: si hubiera sido así; si hubiera dicho asá; si el otro hubiera caído ahí, o se hubiera callado allá; si me hubieran apoyado aquellos; si no me hubiera juntado con estos; si no le hubiera hecho caso a fulano; si hubiera traído a sutano; si no me hubiera traicionado mengano…

En menos de un mes estaremos escuchando comentarios similares sobre lo que pasó en las elecciones del Estado de México y las de Coahuila (las de Nayarit se ven ya definidas, aunque en elecciones todo puede pasar). En una campaña es inevitable el bombardeo sobre los candidatos. Hace muchos, muchísimos años que las campañas no están hechas de propuestas ni programas, sino falsas promesas, ilusiones y, sobre todo, acabar con el adversario (ya en el 63 a.C. Quinto Cicerón aconsejaba a su hermano Marco Tulio ganar elecciones con promesas y apariencias).

Las elecciones no son un día de campo. Cada vez son más duras y las descalificaciones personales cuentan más. Todo el pasado se revisa, y no hay pasado que resista todo. Mientras más reñida la elección, más extensa la investigación, más dura la exposición y mucho mayor duro el desgaste. Ya veremos cómo salen los perdedores de este embate electoral.

Twitter: @JuanIZavala

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