Opinión

Sintamos vergüenza
por los niños migrantes

Los 57 mil niños centroamericanos que buscaron refugio cruzando el Río Bravo son una alarma que debe despertar a la sociedad y a políticos de Estados Unidos, México y Centroamérica. Si tantos lograron cruzar la frontera, muchos más no prosperaron en su intento. Sin duda, han caído en las garras de redes de diferentes organizaciones criminales, y otros deben haber caído, literalmente, de la siniestra Bestia.

La presencia de esos niños en Estados Unidos despertó lo peor y lo mejor de la sociedad estadounidense. Muchos exigen que Estados Unidos muestre mucha más empatía y responsabilidad, alimentándolos, vistiéndolos, y haciendo un esfuerzo por entender a qué se expondría a cada deportado. Otros tantos se manifiestan contra los jóvenes migrantes. Las actitudes racistas y xenofóbicas han manado. Corren mentiras como que vienen con enfermedades contagiosas y que nunca han sido vacunados, cuando las tasas de vacunación en Guatemala, Honduras y el Salvador (al igual que en México) son más altas que en Estados Unidos. Se dice que muestran cuán porosa es la frontera, a pesar de que muchos cruzan inmediatamente buscando ponerse en manos de agentes migratorios.

Mientras tanto, el presidente Obama pide tres mil 700 millones de dólares al Congreso para lidiar con la crisis. Esos recursos equivalen a casi 65 mil dólares por cada uno de los 57 mil refugiados, lo que alcanzaría para becar a cada niño en Harvard por un año, pagando estancia y manutención completa. ¿Por qué tanto dinero? Jim Darling, alcalde de McAllen, una de las ciudades más afectadas, dice que la crisis les ha costado 71 mil dólares no presupuestados este año. Obama pide 52 mil veces esa cantidad. Quiere construir centros de detención, haciendo felices, una vez más, a las grandes empresas privadas –como CCA y GEO– que construyen y administran cárceles, y que tanto contribuyeron financiando campañas de políticos que lograron criminalizar la migración. Quiere también movilizar más jueces a la frontera, para deportar más rápido. Si la vida de esos menores está en peligro al ser devueltos a sus países, ese no es su problema.

Pero, si esta crisis muestra lo peor de la sociedad y la política estadounidense, también pone en evidencia a las de México, donde nadie reclama por el maltrato y las vejaciones a migrantes centroamericanos que cruzan nuestro país. A pocos les preocupa, más allá de vociferar algún insulto a nuestros vecinos del norte cuando se habla del tema, la situación de millones de migrantes mexicanos que arriesgaron sus vidas cruzando la frontera, usualmente más de una vez.
Sorprendentemente, muchos en México creen que no debe haber recursos mexicanos públicos o privados para apoyarlos. Si se fueron, ya no los merecen. Bajo ese criterio, es más merecedor aquel que sabe jugar el sistema y estira la mano para recibir subsidios, que quien se jugó la vida buscando mejor futuro para su familia; como si migrar les hace menos mexicanos. La violencia y falta de oportunidades en nuestro país los expulsa, pero carecen totalmente de derechos en el país al que llegan. ¿De verdad creemos que la sociedad y el gobierno de México no les debe nada?

Toda situación en la cual alguien migra buscando refugio es compleja. Baste recordar lo que ocurre con millones de refugiados sirios y palestinos en Jordania. No hay soluciones perfectas. Deportar implica devolver a quien huyó al peligro que evitaba. Por otro lado, es imposible abrir las puertas de manera indiscriminada. Desafortunadamente, el aumento en el flujo de jóvenes migrantes se explica en parte por la mala interpretación de la iniciativa de “Acción Diferida” del gobierno de Obama, para posponer la deportación de jóvenes estudiantes llevados a Estados Unidos por sus padres. Muchos niños y jóvenes buscaron cruzar la frontera con la esperanza de ser elegibles dentro de la nueva ley. No lo son.

Lo único sensato es reconocer que la reforma migratoria estadounidense es impostergable. Como dijo el diario Wall Street Journal en su editorial del 10 de julio, “la única forma de reducir la migración ilegal es otorgando más visas de trabajo que permitan entrar
–y salir– legalmente de Estados Unidos”. Si bien la política migratoria estadounidense le compete exclusivamente a ese país, urge que México (quizá con Centroamérica) organice un esfuerzo de cabildeo, apoyado por empresas mexicanas con presencia en el país vecino, y por empresas estadounidenses cuyo principal mercado de exportación es México. No menos de seis millones de empleos estadounidenses dependen de México. La capacidad para cabildear e influir en la legislación es enorme, aunque se ha carecido de la voluntad para organizarse y hacerlo.

Igualmente, urge que México se esfuerce por llevar control de quienes cruzan el Suchiate, y por ofrecer mucha mejor protección en esa jornada. Exigir mejor trato a nuestros migrantes, mientras atropellamos a migrantes centroamericanos, es profundamente hipócrita.

Twitter: @jorgesuarezv