Opinión

Sin reposo

10 febrero 2014 4:44 Última actualización 22 julio 2013 5:34

 
 
 
Gerardo René Herrera Huízar

México no yerra: y se afianza y agrega, mientras se encona y descompone el vecino del norte, Juárez, el indio descalzo que aprendió latín de un compasivo cura, echó el cadáver de Maximiliano sobre la última conspiración clerical contra la libertad en el nuevo continente. Él, el tabaquero de Nueva Orleáns, el amigo pobre del fiel cubano Santacilia, el padre desvalido de la familia que atendía en Oaxaca la pobre tendera; él, con los treinta inmaculados, sin más que comer maíz durante tres años por los ranchos del norte, venció, en la hora inevitable del descrédito, al imperio que le trajeron los nobles del país.”
 
José Martí.
 
 
A ciento cuarenta y un años de su fallecimiento, el prócer de la República, Benito Pablo Juárez García, sigue sin reposo, en medio de la polémica desatada por las 'irreverentes' declaraciones del inefable ex mandatario, asegurando haber sido el mejor presidente que ha tenido este país, donde se incluye, desde luego, al Benemérito.
 
 
Con frecuencia, el desconocimiento es nutriente de la soberbia, pasión que nos mueve, con suma facilidad, a las veleidades, a los excesos y a la imprudencia.
 
 

Juárez, es innegable, labró a pulso su pedestal en la historia, en su momento y en su circunstancia, al igual que muchos otros que con sus acciones, positivas o negativas, condicionaron el derrotero de la nación. Y cabe preguntarse, siguiendo a Don Antonio Gerard y Zubía ¿por qué razón nos empeñamos en seguir impidiendo el eterno descanso del héroe? ¿acaso entre más de ciento doce millones de mexicanos no ha surgido otro que pueda tomar la estafeta y se obliga a Don Benito a seguir pendiente del actuar de sus sucesores?
 
 

Más allá de la retórica ceremonial que con justeza reconozca los méritos de nuestros próceres en cada conmemoración, resultaría de gran utilidad práctica, remontar la historia patria, no para añoranzas melancólicas de un pasado glorioso, sino para obtener enseñanzas objetivas de los aciertos y errores, de las acciones y omisiones, del valor o cobardía, de las virtudes y defectos de quienes nos han antecedido, hombres y mujeres de carne y hueso, que en su momento, simplemente asumieron su responsabilidad en el interminable camino de la construcción de este país.
 
 

La grandeza o pequeñez de las naciones no son hechos dados por un destino manifiesto, son resultado de las decisiones que, en su momento, van adoptando sus sociedades y sus buenos o malos dirigentes. De la claridad y transparencia de sus objetivos, de la pureza de sus intenciones y de la congruencia y efectividad de sus acciones, dependerá su progreso o decadencia.
 
Toda herencia puede sufrir derroche o acrecentamiento. Se puede dilapidar la fortuna con parsimonia forjada, por estulticia, ambición o ineptitud. O puede, por el contrario, ser fuente de inspiración, esfuerzo y progreso.
 
 

Al heredero toca optar por una vía u otra, no a quien le ha heredado.
 
Resulta hasta macabro recurrir, a conveniencia, a la épica remembranza Juarista, en pro y en contra, mientras en los hechos cotidianos se contradice su ejemplo. Ni honrada medianía, justicia a secas o respeto al derecho ajeno parecen ser principios que orienten la ética doméstica, política o social.
 
 
Los héroes son circunstanciales, aunque se exige calidad. Por lo tanto y, en tanto que humanos y seres pasionales, no debe exigírseles perfección, sino admirar y respetar sus hechos excepcionales, es ello lo que les da un status singular frente a los otros mortales.
 
Que cada uno asuma responsable, ética y patrióticamente su responsabilidad temporal, hagamos cada quien lo que nos obliga el ahora y el aquí y tendremos la nación que aspiramos. De lo contrario, seguiremos teniendo la que merecemos.
 
Dejemos a los muertos descansar en paz.
 
grhhuizar@gmail.com