Opinión

Sin despedirse


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Sin despedirse

Fantasmeando sería la horrible traducción de la palabra en inglés “Ghosting”, que describe un mecanismo para terminar relaciones consistente en desaparecer, desvanecerse, esfumarse sin decir nada, convertirse en fantasma sin explicación alguna.

Es difícil decirle a alguien de frente que ya no queremos su amistad o su compañía amorosa, porque habría que estar dispuesto a ser villano y a escuchar los reclamos de una pareja herida o de un amigo perplejo. Tal vez por eso algunos se van sin palabras, sin razones aparentes y sin pensar que el abandono en cualquiera de sus formas, pero sobre todo el repentino y silencioso, produce sentimientos de devaluación y confusión en los abandonados.

Muchas veces decimos –sin una intención real– “te llamo pronto, nos vemos la semana entrante, claro que quiero volver a verte, he estado ocupado, pero en cuanto esté tranquilo vamos a cenar”, cuando en realidad estamos pensando en nunca más volver a ver a esa persona. Porque la hemos dejado de querer, porque perdimos interés, porque nunca nos importó demasiado. La cobardía y la inmadurez impiden enfrentar que hemos causado dolor o decepción en alguien que merecería ser escuchado.

También es verdad que estas cosas ocurren y pensar en víctimas y victimarios le quita todavía más dignidad al abandonado, que tal vez deba cerrar su propia herida con el abandonador en forma interna y evitar en lo posible la autovictimización. Las personas actúan de formas extrañas, unas más que otras, algunas son más inestables y no saben quedarse mucho tiempo en un solo lugar. Es parte de lo que puede pasar en una relación amorosa o de amistad, e incluso familiar: brechas de silencio que facilitan un final a quien no puede con las palabras y que supone sería más triste acompañarlo de explicaciones.

No es fácil decir ni escuchar “ya no te quiero, he perdido interés, no quiero seguir viéndote, me he aburrido”. Quienes aplican la operación fantasma ni siquiera pueden recurrir al desgastado “no eres tú, soy yo” en el que ya nadie cree, pero que podría parecer una salida más decorosa.

Los fantasmas sienten vergüenza y por eso desaparecen. Algunas veces no se trata de la otra persona, sino de su propia impotencia para cambiar –porque no quieren o porque no pueden– partes de la personalidad que saben que lastiman o enojan.

Quizá no nos hemos dado cuenta y somos cada vez más incapaces de hablar cara a cara para resolver nuestros asuntos. Porque creemos que un mensaje de texto es comunicarse. Porque de verdad nos convencemos de que ya dijimos lo que había que decir escribiéndolo en un correo electrónico o diciéndolo en un mensaje de voz instantáneo sin derecho a réplica.

Los fantasmas odian el conflicto y la confrontación y también evitan los dramas al máximo, apostando a que el tiempo curará cualquier herida que hayan causado. Las rupturas persiguen siempre, aunque no todas duelen igual y no exista evidencia contundente de que enfrentar una ruptura con muchas explicaciones duela mucho menos que sin ellas. Es probable que duela igual, pero con menos confusión involucrada.

Tal vez todos hemos sido fantasmas o víctimas de fantasmas en algún momento de la vida. Tal vez los más sedientos de amor sean quienes corran mayor peligro de asfixiar a otro y sufrir el abandono fantasmal. Tal vez mientras más larga la relación y más estable, menor sea la probabilidad de que termine con silencio inexplicable.

En cualquier caso, los vínculos siempre son un riesgo porque amar es vulnerarse frente a otro, entregar la confianza, dejarse ver de muy cerca, depender del cariño, necesitar la presencia y contar con el apoyo. Nadie amaría si evitar el sufrimiento fuera la prioridad.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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