Opinión

Sin circular

 
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hoy no circula

La idea de restringir la circulación de vehículos en una ciudad para reducir la contaminación parte del principio según el cual la cantidad de automóviles y camiones en circulación generan una cantidad de ozono y partículas suspendidas que dañan la salud de la población, al grado de tener que paralizar la Megalópolis para evitar males mayores. Para que el programa funcionara a mediano y largo plazos era necesario instrumentar una política pública que invirtiera durante décadas en transporte público eficiente no sólo en la Ciudad de México, sino en el área conurbada.

Esto no sucedió desde que se instrumentó el programa en 1989. A pesar de haber ampliado el Metro y modernizado algunas líneas de autobuses sustituyendo microbuses, el transporte público sigue siendo insuficiente e ineficaz. La construcción de segundos pisos y de vialidades rápidas a lo largo de la ciudad sólo reconocieron la realidad de una población que en los últimos años fue aumentando su poder adquisitivo y tuvo acceso a la compra de automóviles más baratos, a crédito y con una tecnología que impulsó significativamente la reducción de contaminantes.

La política de ir limitando los años de vigencia del holograma cero en un automóvil iban en la dirección correcta, tanto por los avances en la construcción de motores cada vez más limpios -lo que obligaba a sacar del programa de exención del No Circula a vehículos de ocho o nueve años de antigüedad que ya no cumplían con las nuevas normas anticontaminantes- como por el reconocimiento de la corrupción absoluta en los Verificentros donde cualquier chatarra obtiene la calcomanía cero.

La decisión de la Corte en el sentido de no discriminar entre autos viejos y nuevos, sino sólo entre contaminantes y no contaminantes, si bien se sustenta jurídicamente, no comprende la realidad del avance tecnológico, ni mucho menos la de la corrupción.

La inclusión de más de 600 mil vehículos altamente contaminantes y quizá muchos más, sólo complicó la situación. La declaratoria de emergencia por parte de la Comisión de la Megalópolis se hizo sin planificación alguna y sobre las rodillas. Obligar a los automóviles con holograma cero y doble cero a parar sin declarar contingencia, es tan ilegal como no permitir a vehículos supuestamente no contaminantes a portar la calcomanía cero. Decir un día que motocicletas no circulan, para el día siguiente cancelar la medida, habla de una enorme incapacidad para actuar consecuentemente.

Si bien es cierto que la modernización y expansión del transporte público tomará tiempo, hay medidas inmediatas que facilitarían el tránsito en la ciudad. Recoger la basura por las noches, pavimentar en ese horario, obligar a las construcciones a que de igual manera realicen la entrega de materiales en camiones materialistas en horas determinadas, reduciría significativamente contaminación y flujo de vehículos, pero eso implica enfrentarse a poderes económicos que se verían afectados, por lo que resulta más fácil paralizar a aquellos que cumplieron con la obligación de adquirir automóviles no contaminantes y ahora tienen que pagar por ello.

Incluso si se trata de una medida emergente, es indispensable que la autoridad explique, justifique y escuche a una ciudadanía indignada por la reducción de la calidad de vida en una ciudad de por sí dañada por años de abandono en la inversión en infraestructura básica, como recolección de basura o reconstrucción de la carpeta asfáltica. No se le puede decir “ni modo”.

Twitter: @ezshabot

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