Opinión

Simplificando la economía de la emisión de carbono

 
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Paul Krugman.

David Roberts, de Vox, escribió recientemente un gran artículo sobre la fijación del precio al carbono (léalo aquí: bit.ly/247nKCz) que ayudó a cristalizar algo sobre lo que he tenido la intención de escribir desde hace tiempo: un fenómeno que llamo “Incitación para principiantes”.

El nombre viene de la ingeniosa obra de Noah Smith sobre el “principismo”, donde escritores de economía presentan como evangelio conceptos básicos de Economía para Principiantes sobre la oferta, la demanda y lo espectacularmente buenos que son los mercados, ignorando las muchas formas en que los economistas han aprendido a cualificar esas conclusiones de cara a las imperfecciones del mercado.

Su punto es que aunque la Economía para Principiantes puede ser una guía bastante útil, a veces (frecuentemente) es engañosa cuando se aplica al mundo real.

Mi punto es de cierta forma distinto: incluso cuando la Economía para Principiantes está en lo cierto, eso no siempre significa que sea importante, y ciertamente no significa que sea lo más importante en una situación. En particular, a los economistas les pueden gustar cosas donde la Economía para Principiantes refuta intuición ingenua, pero eso no significa para nada que sean las cuestiones de políticas cruciales que enfrentamos.

El ejemplo en el que más pienso está en mi campo de estudio original: el comercio internacional. La ventaja comparativa dice que los países se enriquecen con el comercio internacional, incluso si un socio comercial es más productivo que el otro, y si el país menos productivo sólo puede exportar gracias a salarios más bajos. El economista Paul Samuelson una vez declaró que era el principal ejemplo de una idea económica cierta sin ser obvia (y hasta este día, vemos furiosos intentos por refutarla). Entonces, la ventaja comparativa, durante generaciones, ha sido considerada una de las joyas de la corona del análisis económico.

Hay una variedad de motivos por los que, pese a esta gran idea, el libre comercio tal vez no siempre sea la política correcta; ese es el “principismo” del Sr. Smith. Pero quiero presentar otro punto: incluso si la ventaja comparativa es una idea profunda, ¿hace esto que el libre comercio versus el proteccionismo sea una cuestión prioritaria? ¿Qué tan importante es esta idea, en cualquiera de los casos?

Y la respuesta (la que emerge de los modelos de comercio estándar) es que no es tan importante como mucha gente parece creer. Sí, el proteccionismo reduce el ingreso mundial. Pero si quiere argumentar que la liberalización comercial ha sido el motor principal del crecimiento, o cualquier cosa en este sentido, bueno, los modelos económicos no apoyan eso. Si quiere beneficios enormes del comercio, tiene que invocar cosas como transferencia de tecnología que no figuran en el propio análisis que confiere tal prestigio al caso a favor del libre comercio.

Y de hecho, vemos mucho este tipo de argumentos. Se está dando cierto tipo de engaño donde la gente invoca los beneficios del comercio para decir que el libre comercio es bueno, y después cuenta historias de terror sobre la forma en que el proteccionismo destruiría millones de puestos de trabajo y causaría una depresión global, lo que no tiene mucho sentido y que, en cualquier caso, no tiene nada que ver con el análisis clásico de los beneficios del comercio.

Me parece que se está dando algo similar en las discusiones sobre la fijación de precio al carbono.

La Economía para Principiantes nos dice que si queremos reducir las emisiones de un contaminante, la forma más eficiente de hacerlo es poner un precio a sus emisiones para que se tomen todos los caminos posibles para su reducción, y que el costo marginal sea el mismo para todos los caminos. Es una idea legítima, idea que ha tenido impacto positivo en políticas del mundo real; los programas de “comercio de derechos de emisión con fijación previa de límites”, por ejemplo, han hecho muy buen trabajo en lo que respecta a reducir la lluvia ácida.

Dicho lo anterior, hay motivos por los que la Economía para Principiantes tal vez no tenga razón en este caso. Hay cierta evidencia en el sentido de que los consumidores no son híperracionales en lo que respecta a la conservación de la naturaleza, y que pudieran pasar por alto oportunidades de conservación incluso cuando podrían ahorrarse dinero, y en ese caso la forma correcta de hacer que los consumidores cambien quizá sea con leyes y no con precios. Y en el grado en que estamos hablando de innovación, el caso de la Economía para Principiantes no dice nada: el caso de la eficiencia en la fijación de precio para el carbono tiene que ver con dar el mejor uso a la tecnología existente, no de proveer incentivos para desarrollar mejor tecnología.

Pero dejemos de lado todo esto y preguntémonos: ¿Qué tan importante es que nuestra estrategia para las emisiones de carbono tome forma de un precio al carbono universal o casi universal?

La respuesta, en principio, es que depende de la complejidad de la respuesta requerida. Si reducir emisiones tiene que involucrar movimiento en muchos frentes, cualquier cosa que se vea como solución administrativa (por ejemplo, decir a las compañías generadoras de electricidad qué pueden hacer y qué no) va a ser mucho más costoso que una fijación de precio para el carbono que explote todas las posibilidades. Pero, si gran parte de la solución va a conllevar un conjunto bastante limitado de medidas (como cesar pronto la práctica de quemar carbón para producir electricidad), una fijación de precio para el carbono de base amplia resulta mucho menos fundamental.

Twitter: @NYTimeskrugman

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