Opinión

Simplemente humanos

    
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Especial analizar Vale Villa. (Shutterstock)

Duele admitir que el conflicto y la contradicción nos definen. Aceptar que muchas veces no estamos en paz y que siempre hay fracturas en nuestro interior que confrontan lo que somos con lo que aspiramos a ser o con lo que no es ético desear.

No nos conocemos completamente y por lo tanto, no tenemos control total sobre nuestra vida.

Freud teorizó sobre el origen de nuestras fracturas con una explicación que divide la mente en 3 estructuras: ello, yo y superyo.

El ello es la sede de los impulsos, que demanda la satisfacción de las necesidades y busca el placer sin consideración alguna; el superyo es una voz que representa la conciencia, la ley, el mandato de los padres cuando decían: “no debes hacer, no debes desear, está prohibido pensar, mirar, hablar así”. Es una voz exigente y a veces demasiado dura. En algunos, llega a ser cruel, tiránica y hasta sádica, provocando que la persona sienta que jamás alcanza el nivel de sus aspiraciones; los ideales morales y de perfección son de una exigencia tal que la culpa y la decepción de sí mismo es lo habitual.

El yo es la instancia que media entre los impulsos del ello y la ley del superyo. Es la estructura encargada de buscar un balance suficiente entre la satisfacción de los deseos y los límites éticos para conseguirla.

La negociación que hace el yo a veces fracasa y pierde la batalla entre el ello salvaje por un lado y el superyo castigador por el otro.

Los síntomas psicológicos son señales de una fractura en el yo. El yo es nuestra fachada, la cara que mostramos al mundo, nuestra parte racional y socialmente adaptada. Los síntomas como una fobia o la ansiedad generalizada o un estado depresivo crónico, pueden entenderse como el fracaso en la negociación entre los impulsos y la ley. Por ejemplo, alguien que ha dado rienda suelta a sus impulsos, siente un vacío depresivo y otros problemas graves. Es el caso de la promiscuidad sexual o de cualquier adicción, en las que el ello toma el mando del yo y no reconoce límites. He visto a muchos hombres y mujeres que han dejado de disfrutar de una vida sexual tempestuosa o del consumo de drogas, cuando reconocen su pérdida total de control y las graves consecuencias para su salud física, mental y para su funcionamiento social.

En el otro extremo están hombres y mujeres incapaces de relajarse, sobreexigidos, rígidos y perfeccionistas, devaluadores crónicos de sus logros, incapaces de sentirse contentos, obsesionados con la opinión de los demás, que han perdido el equilibrio del yo a manos de un superyo sádico que les persigue sin tregua.

Un yo equilibrado entre el deseo y la ley es un logro difícil de alcanzar. Los pacientes hablan frecuentemente de visiones maniqueas del mundo. O las cosas son malas o buenas, negras o blancas.

Este desequilibrio deriva, entre otras cosas, en la construcción de un disfraz social asfixiante que aleja a la persona de la posibilidad de saber quién es.

Es el caso de quienes se esfuerzan excesivamente porque todo se vea bien y se vuelven expertos en esconder su verdadera naturaleza hasta de sí mismos. Por ejemplo cuando un paciente cuenta que tuvo una infancia muy feliz, recordando y relatando solo una parte muy pequeña y conveniente de su historia (porque no hay vida libre de dolor, trauma y conflicto).

Aprender a ser más realistas con quienes somos y fingir menos, abre la puerta de la autenticidad. El yo suele ser estúpido por excederse en corrección política. Es inútil negar que los humanos somos falibles y llenos de pensamientos y deseos inconfesables.

Es un reto moderar a la bestia que podemos ser y al fiscal implacable que desaprueba todos los actos. Ser humanos es conflicto inevitable, deseos divididos, perder la paz para luego recuperarla, yo fracturado, lucha permanente por abandonar el deseo de funcionar como robots.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa.

Twitter: @valevillag

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