Opinión

Símbolos de una era

 
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Símbolos de una era.

En su cuenta de Instagram el crítico de arte del New York Times, Jerry Saltz, posteó una foto de una pieza de 1975 de Andy Warhol llamada Hammer and Sickle and Vibrator (Martillo, hoz y vibrador). Esta imagen en blanco y negro es una composición –una especie de naturaleza muerta– de una hoz y un martillo separados por un vibrador; y forma parte de una serie donde el artista integraba objetos de consumo diario, como una bolsa de pan blanco o un plátano, en medio de este potente emblema.

La provocadora imagen sugería entre otras cosas que aquella poderosa corriente política e ideológica que en su tiempo dividió el mundo en dos, sería aniquilada en un enfrentamiento de baja intensidad, en el que triunfarían la banalidad de nuestro deseos, lógicamente nuestra frustración sexual y nuestra pasividad.

En su libro Mi filosofía de A a B, y de B a A, Warhol (Pittsburgh, 1928), uno de los artistas más cotizados, pero también más subversivos de nuestros tiempos, trata de aclarar algunas de las contradicciones que lo habitan (él siendo A y B siendo cualquier interlocutor que le ayudara a matar un poco de tiempo). Warhol cuenta, por ejemplo, que para él el sexo es nostalgia por el sexo, es el deseo de reproducir una experiencia íntima, y el recuerdo de algo que nunca existió. También escribe que no le gusta derrochar, pero al mismo tiempo quiere producir millones de copias de la misma imagen para que, a través de la perversa repetición sistemática, todo pierda su valor y se convierta en copia de sí mismo.

Detrás de este cinismo existe la precisión con la que Warhol incorporó a la concepción de su obra transformaciones sociales y económicas que ahora determinan nuestras representaciones ideológicas y estéticas. Estas confesiones no las hace para tratar de explicarse o de redimirse, sino que al hacerlas, el artista al que le atribuyen la famosa locución de 'los 15 minutos de fama' se anticipaba a una ruptura de paradigmas sociales en los que muchos todavía creíamos, propiciado por un sistema de representación que los medios de comunicación esparcieron de forma exponencial.

Hoy en día, con la reciente muerte de Fidel Castro, el último revolucionario comunista, esta imagen parece ser de lo más pertinente y actual. Castro, probablemente el líder más conocido y más polémico de Latinoamérica, ha pasado al nicho de la historia como aquel que confrontó a 11 presidentes estadounidenses, que logró que la isla tuviera el índice de analfabetismo más bajo del continente, etcétera, etcétera, etcétera.

En estos días sus detractores se reúnen nada menos que en Miami para festejar, para quemar banderas, y a la celebración de los exilados anticastristas, a la mezcla tan particular de latinoamericanos que se da en el estado que fue en las pasadas elecciones decisivo para triunfo de Trump, no sorprende que se sume la bacanal y excesiva feria de arte Miami Basel, donde cada obra se convierte, en segundos y en el mejor de los casos, en decoración y -lo más común- en especulación.

“Mis imágenes son una declaración de los símbolos de los productos impersonales y de los objetos descaradamente materialistas sobre los cuales está construido Estados Unidos”, declaró Warhol. Curiosamente, los que acusan a Castro Ruz de dictador, abogan por un sistema cada vez más unilateral y autoritario.

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