Opinión

Silveti escapa a la tragedia y salva la tarde en la Plaza México

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México, país de toros

Con una faena de valor, arte y entrega, en la que rondó la tragedia en medio del ruedo de la Plaza México, el matador Diego Silveti se alzó ayer como el triunfador de la sexta corrida de la Temporada Grande al cortar una merecida oreja, en una tarde en la que el encierro de Jaral de Peñas impidió que sus alternantes, Alejandro Talavante y Arturo Saldívar, pudieran alcanzar el éxito.

Silveti, cuarta generación de una dinastía de figuras del toreo, confirmó ser una de las principales promesas de la fiesta brava nacional. En su primer toro, un bello ejemplar de la ganadería queretana propiedad de la familia Barroso, el matador expuso su vida en una faena en la que destacó la variedad de su trasteo con pases estatuarios, derechazos profundos, naturales con temple, bernardinas ajustadas y bellos remates por capetillinas.

La peligrosidad del astado se hizo evidente en dos ocasiones en las que el torero fue levantado, sin que, milagrosamente, resultara herido de gravedad. Pese a un pinchazo y tras una estocada hasta el fondo, el juez de plaza otorgó la oreja que la mayoría en los tendidos exigió y que, sin embargo, una parte del público protestó al no entender la complejidad de una faena en la que se conjugó la clase, el valor y la entrega.

No corrieron con la misma suerte sus alternantes. Al español Alejandro Talavanate se le vio fuera de sitio, particularmente en su segundo toro, al no poder imponerse ante la falta de transmisión y fijeza de sus dos enemigos. Arturo Saldívar, torero serio, maduro y perteneciente a una generación de toreros mexicanos que han destacado a nivel internacional, enfrentó a lo más difícil del encierro de la ganadería de Jaral de Peñas, que destacó por su escaza lucidez durante el tercer tercio.

Pese a una entrada tímida, los tendidos de la Plaza México se vieron abarrotados por personalidades de los ámbitos político y empresarial. Siempre aficionado, el secretario de Desarrollo Social, José Antonio Meade, estuvo presente junto con su familia. En barreras se encontraban el director de Cofepris, Mikel Arriola, el empresario Elías Sacal, el obispo Onésimo Cepeda, el presidente del Comité Olímpico Mexicano, Carlos Padilla, y el vocero presidencial, Eduardo Sánchez, a quien Silveti le brindó la muerte de su segundo toro.

En días recientes, aficionados y amigos del fallecido Jacobo
Zabludovsky develaron una placa en el palco número 35 de la Plaza México, lugar que por muchos años ocupó quien quizá con mayor pasión vivió la simbiosis que existe entre el oficio periodístico y la fiesta brava. Un merecido homenaje para uno de los grandes defensores de la tauromaquia, que supo promoverla a través de su pluma, de sus crónicas y entrevistas a los personajes de mayor renombre en el ámbito taurino.

Quienes tuvimos la oportunidad de conversar en distintas ocasiones con Zabludovsky acerca de la fiesta brava apreciamos en él a un aficionado que alimentó su pasión a través de la lectura, la amistad con destacadas figuras como Silverio Pérez, Lorenzo Garza o Fermín Espinosa y la coincidencia de haber asistido a los mejores momentos de la vida taurina nacional.

Por los estudios de Jacobo, ya fuera en radio o en televisión, desfilaron las máximas figuras del toreo, desde la década de los cincuenta hasta estos últimos años. Ejerció el difícil oficio del periodismo escrito desde el ámbito taurino como colaborador del periódico El Redondel, referencia de la fiesta brava nacional durante casi setenta años. Todo ello lo convirtió en una autoridad en el mundo de la tauromaquia, que materializó en una de las más sencillas y completas definiciones. “El toreo es un arte porque genera estímulos estéticos acompañados de fuertes latidos del corazón, es una manifestación de destreza, perfección, habilidad, valentía, hermosura y excelencia. Algo deben de tener las plazas de toros cuando en ellas se aprende más que en las universidades”, dijo en alguna de las entrevistas que concedió.

La vida taurina de Zabludovsky no podría entenderse sin la dupla que hizo con el periodista y escritor Heriberto Murrieta. Aquel joven que llegó a ocupar el espacio deportivo del noticiero 24 Horas se convirtió, en mucho por esa complicidad construida a lo largo de los años, en uno de los mejores cronistas de nuestros tiempos, quien podría compararse con grandes figuras del micrófono como Pepe Alameda, Paco Malgesto y Alonso Sordo Noriega. Será por esta razón que el llamado Joven Murrieta es referencia obligada para conocer la verdadera esencia taurina de Jacobo.

No obstante esa pasión que le valió el reconocimiento de la afición capitalina, Jacobo se alejó por decisión propia de la Plaza México. En sus últimos años de vida dejó de asistir al palco que hoy lleva su nombre. La nostalgia por una época de oro del toreo que se fue y que tenía la certeza de que no volvería jamás, la convicción de que los toreros de hoy no podrían alcanzar el nivel de las figuras de antaño, una idea de que todo tiempo pasado fue mejor y un cuestionamiento al funcionamiento de la fiesta brava actual fueron los motivos, así se le escuchó decir en varias ocasiones, para no volver a esa plaza que fue testigo mudo de una carrera periodística tan rica como polémica.

En la Plaza México descansan múltiples reconocimientos a los personajes que han contribuido al engrandecimiento de la fiesta brava. El oficio periodístico le dio a Zabludovsky la oportunidad de vivir la esencia y la profundidad de este arte que supo entender, definir y defender. Su pasión por la tauromaquia queda hoy plasmada en una placa que descansará junto a su memoria en un costado de la puerta del palco número 35 del Coso de Insurgentes.

Soy Juan de la Lidia. Nos vemos en los tendidos...

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