Opinión

Sigan comprando casas

 
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Casas.

Gil leyó y vio con los ojos de plato la casa que habita Gabino Cué, gobernador de Oaxaca. Una casa bellísima, la verdad sea dicha, de lujos arabescos. Los ventanales dejan ver un comedor enorme, una terraza aún más amplia que el estudio de Gamés, un jardín de arcilla y cactus que transmite una tranquilidad (tran-tran) que de ver las fotografías usted entra en un estado de beatitud. Gilga lo escribe en buen castellano: la sala de televisión no tiene madre: un gran sillón blanco, una pantalla enorme, para pasársela en grande. Es obvio que tiene su buena alberca donde el gobernador debe ejercitarse todas las mañanas, o las noches.

Construida en varios niveles, la casa se encuentra en uno de los barrios más exclusivos de la ciudad de Oaxaca y se calcula que pudo costar siete millones de dólares. Games no quiere ponerse serio de más, pero la codicia suele ser una enfermedad incurable en los políticos mexicanos. Qué les pasa con las casotas, caracho.

Gabino sabe
No les haga caso a sus malquerientes. Ni aguantan nada, Gabino, para que se les quite, cómprese un hotel para consumo personal los fines de semana, un museo y nomás por no dejar unas cinco playas y un pequeño yate. ¿Ya los tiene? No le digo, Gamés no sorprende a nadie.

El pintor Sergio Hernández dijo conocer la casa y las fotografías publicadas en su periódico Reforma: “hay varias ahí que han construido los secretarios del gobernador. Están amuralladas, el acceso es restringido”. Hernández desafió a Cué a explicar cómo compró esa casa.

En la declaración patrimonial del gobernador al iniciar el sexenio no informó de propiedades en bienes inmuebles. El vocero de Cué se negó a dar cuentas de la supuesta casa del gobernador: “No hay casa ni edificio. Quien acusa o denuncia tiene la carga de la prueba”. Y san se acabó. Leguleyos al paso.

Tres de tres
De los dieciséis delegados que han asumido funciones en la ciudad de México, sólo seis hicieron públicas sus declaraciones patrimonial, de intereses y fiscal. Tres morenos, dos panistas y un perredista. Diez delegados se negaron a transparentar sus bienes: cuatro del PRD, dos de Morena y tres del PRI. Muy bonito, miedosos, sinvergüenzas.

Uno de los delegados que sí declaró sus bienes, su situación fiscal y la ausencia de conflictos de interés fue Ricardo Monreal. El delegado de la Cuauhtémoc transparentó en su declaración de bienes tres casas, siete terrenos en Zacatecas y Jalisco, dos departamentos en el DF, dos vehículos, ingresos anuales de un millón cuatro cientos mil pesos, una cuenta de cheques y otra de inversiones.

La lectora y el lector tienen razón: no se sabe de qué tamaño son las casas y los siete terrenos, ni cuánto dinero tiene en sus cuentas bancarias. Si Gil ha entendido algo, cosa improbable, entre dos millones de pesos y cuarenta todavía hay una diferencia importante, y entre cuarenta millones y doscientos, ni se diga. En fan, en fon.

Por cierto, el delegado de la Cuauhtémoc no cesa de vociferar a los cuatro vientos que la delegación vive una quiebra financiera y moral.

Que lo dejaron sin escritorios, sin sillas, sin lápices, sin dinero, sin coches, sin nada. Convendría que Monreal se pusiera a trabajar en lugar de formar parte de las plañideras de Morena: nos robaron la presidencia, ay, nos molesta Salinas, ay, nos robaron varias delegaciones, ay, nos han robado las ilusiones, ay, se llevaron el papel de baño. Niños, dejen ya de joder con la pelota de la mafia del poder.

Gilga se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y meditó: Si Monreal tiene algo que denunciar que lo haga y deje de tomarse fotografías en oficinas vacías. Póngase a trabajar, señor Monreal, que para eso le pagamos. Oh, sí.

Si alguien tiene una computadora usada, que la done a la delegación.

Eso dice y pide Monreal, quien en el decálogo que les ha impuesto a sus empleados dice: “no grillarás”. Mju. Gamés piensa poco, pero piensa: Ricardo Monreal pide donaciones, entonces que él mismo ofrezca uno de sus terrenos comprados en Zacatecas cuando era gobernador para que la delegación no muera de inanición. Es que de veras. Cuando los políticos mediocres se pasan de listos, lo que ocurre es un sainete, una farsa ridícula.

La máxima de Schopenhauer espetó dentro del ático de las frases célebres: “La riqueza es como el agua salada; cuanto más se bebe, más sed da”.

Gil s’ en va.

Twitter: @GilGamesX

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