Opinión

Siete-cero…y siguen sumando

 
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Margarita Zavala.

“¿En qué cabeza cabe invitar a Donald Trump?...Donald Trump no es bienvenido a México”, “…aunque lo hayan invitado, sepa que no es bienvenido”, eso apareció publicado en las cuentas personales de Facebook y Twitter de Ricardo Anaya y Margarita Zavala, respectivamente.

Las palabras de ambos contendientes de Acción Nacional se quedaron cortas para expresar el más profundo repudio y la aversión que nos provoca a los mexicanos tan siniestro candidato a la presidencia de los Estados Unidos de América. Que pena que hayan sido ellos quienes lo manifestaran.

Tras el siete a cero que la selección chilena le propinó a la tricolor el 18 de junio en la Copa América, difícil me resulta recordar un sentimiento de vergüenza tan profundo y tan presente en el ánimo de todos los mexicanos como el que atravesamos la semana pasada. No es posible defender el tropiezo de la Presidencia y los desatinos del encuentro con el candidato republicano, en la coyuntura en que venía teniendo lugar el proceso electoral en su país de origen. ¿Acaso no viene perdiendo?

Es un desaguisado que se haya invitado a Trump de una manera tan improvisada, con un índice tan alto de probabilidades de que los resultados fueran tan negativos como ocurrieron. Es verdad, en qué cabeza cabe haberlo invitado a los cinco para las doce, con un informe presidencial al día siguiente, sin posicionamiento claro con relación a la propuesta para renegociar el Tratado de Libre Comercio o sin una postura contundente en contra de la construcción de un muro que, dicho sea de paso, no separa a México del resto de Norteamérica, sino a los Estados Unidos con el resto del continente o, visto a lo largo de la historia y de acuerdo con los principios que ha venido persiguiendo y proclamando desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, a Estados Unidos y el resto del mundo.

La verdad de las cosas es que sólo encuentro una explicación que podría justificarlo y que es muy difícil de entender: ¿Qué pasaría si las estadísticas mintieran?, ¿Qué sucedería si él realmente llega a ser Presidente de los Estados Unidos de América, nuestro principal socio comercial? Sólo en ese contexto comprendo la urgencia de buscar el acercamiento. De nada le serviría al Titular del Ejecutivo perseguir una cita con el Presidente Donald Trump para tratar de desviar el impacto de un discurso que las agencias calificadoras ya vienen anotando anticipadamente. La utilidad de la reunión sólo podría capitalizarse si tuviera verificativo hoy, que las agendas tempestuosamente coinciden pero que, a la postre, permiten la construcción de un diálogo que en otras condiciones no podría darse. Sólo desde esa perspectiva puedo situarme en los zapatos de Enrique Peña Nieto (Aún así no encuentro una razón que atempere la torpeza de no haber tenido preparada una respuesta aceptable a los puntos de la agenda que, lógicamente, el candidato republicano iba a reforzar).

Así las cosas, ¿Habría sido posible que el Presidente de la República reprendiera públicamente al empresario por su posicionamiento absurdo, racista, ignorante, segregacionista y payaso? Claro que no. Por Dios, Enrique Peña Nieto no habla en voz de Alejandro González Iñarritu, o de Kate del Castillo, de Fernanda Familiar ni de los millones de compatriotas que se sienten ofendidos por el “magnate inmobiliario”. El Presidente de la República es Jefe del Estado Mexicano y, como tal, debe de ver por los intereses del país. Lo hizo mal, sí, pero cuando menos, no dejó de tener eso en cuenta. Habló por México y no con el estómago; porque no debía.

El problema ha sobrevenido después, la tormenta se forma con la pluralidad de adjetivos y proposiciones absurdas que nosotros mismos propiciamos y desenvolvemos, en esta ineptocracia de la información que nos ahoga. Hoy, la equivocación presidencial la hemos convertido en un problema nacional.

En Estados Unidos la nota ya se olvidó; nadie recuerda lo que sucedió la semana pasada, porque México no tiene ese peso determinante para moldear la agenda política de nuestro vecino. Donald Trump no va a ganar o a perder por lo que haya sucedido en México la semana pasada.

Aquí, en cambio, el error de Enrique Peña Nieto se utiliza para construir un discurso tan perverso como el que el mismo candidato ha venido construyendo. ¿De qué manera minar la imagen de Enrique Peña Nieto y del PRI para ganar ventaja propia? Hacer leña del árbol caído.

El problema es que los candidatos de oposición han perdido de vista un punto crucial del que no se pueden desprender; la vacante que quieren ocupar los obliga a asumir la misma perspectiva de miras que ellos quieren derrocar. Adoptan una posición electoral y minan una institución constitucional, la del Presidente de la República, sin reparar que es esa misma la que mañana se deberá ocupar. Todos perdemos.

Ahora la pregunta es muy sencilla: ¿Qué le va a decir Ricardo Anaya o Margarita Zavala al señor Donald Trump, si llegara a darse el caso de que él primero, y ellos después, ganaran cada uno la elección? ¿En representación del Estado mexicano convendrá repetir su dicho; podrán decirle el año entrante que no es bienvenido a México? ¿Podrán mantener la voz del hígado y su declaratoria de repudio? El posicionamiento diplomático del Presidente de la República, como el de cualquier miembro del Servicio Diplomático, el de los Secretarios de Despacho y cada uno de los miembros del Senado de la República, en quienes recae la definición de la Política Exterior de México, debe ser escrupulosamente cauto y apegado al mandato constitucional.

Los aspirantes a suceder cualquiera de esos cargos tienen el deber de saberlo y comportarse en consecuencia. Es verdad, los desatinos del Presidente nos han impuesto un costo moral imperdonable. Sólo lo entiendo, aunque no lo acepto, si de algo hubiera servido dicha pena para amainar el discurso de odio que Donald Trump ha venido sembrando entre el electorado estadounidense a lo largo de estos meses, del que ya se perjudican connacionales del otro lado de la frontera.

El discurso divisorio que manejan los opositores no le beneficia a nadie, y que la postura ya asumida representará otro costo político en la relación con nuestros principales socios comerciales, que ya se debe de empezar a contar en su contra.

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