Opinión

Si yo fuera Presidente…

Nací en el año de 1933, el 7 de agosto para ser más precisos, por lo que el sueño de ser Presidente de la República es un sueño irrealizable, pero eso no me impide el señalar lo que yo habría hecho si me hubiese sentado en la silla presidencial.

Mi compromiso sería muy claro: me debo a la ciudadanía y tengo el ineludible compromiso de dar resultados en beneficio de ella y de nadie más. Pero mi limitación también es clara y estoy consciente de ella: estoy dentro de un régimen democrático que quiero fortalecer y, por tanto, estoy supeditado a las decisiones del Congreso y a escuchar y atender voces diferentes a la mía.

Esta sería la propuesta que pondría en la mesa de la discusión, buscando la alianza con la ciudadanía.

1) Abatir la corrupción teniendo 6 años como meta, el situarse al mismo nivel de los países más adelantados en la materia.
 
2) Ser modelo de transparencia y eficiencia en el manejo de los asuntos públicos en el entendido que habría cero tolerancia, que implica no sólo exigir la renuncia del involucrado en los malos manejos, sino conducirlo a los tribunales cuando así proceda.

Dicho lo anterior, situaría la prioridad de mi gobierno en el ataque a la pobreza y la desigualdad con el propósito de impulsar una clase media ilustrada, con el mejor nivel de vida posible. Habría ricos y pobres, sin duda, pero el nivel de pobreza se habría reducido drásticamente.

Para lograr este propósito,

1) Impulsaría educación de calidad a todos los niveles, particularmente en la población indígena del país. Ahí estarían las mejores instalaciones y los mejores maestros, y éstos tendrían el enorme compromiso de atender con excelencia su maravillosa encomienda. Buenos maestros, buenos directores, padres de familia comprometidos y salarios dignos. La educación de calidad es la piedra angular para atacar la pobreza y la desigualdad.

2) En un esfuerzo conjunto con el sector empresarial, atraería inversión nacional y extranjera e impulsaría el desarrollo regional y la formación de cooperativas en “la base de la pirámide”. Los pobres deben salir de su pobreza a través de su propio esfuerzo y, por tanto, limitaría las dádivas gubernamentales a los casos excepcionales que así lo ameriten. Fuentes de trabajo dignas, muchos y diversos puestos de trabajo que incluyan capacitación intensa para elevar la productividad en beneficio de las partes. Desarrollaría una estrategia integral para acabar con la economía informal, ofreciendo ventajas objetivas para su tránsito a la formalidad.

3) Impulsaría la participación entusiasta de la sociedad de abajo hacia arriba, de los municipios a los estados y de éstos a la federación, con el propósito de que los ciudadanos exijan un buen gobierno que lleve a la práctica los grandes objetivos nacionales. Líderes ciudadanos incorruptibles se requieren en esta etapa para tener éxito. Líderes que arrastren a la sociedad con su ejemplo e impidan la corrupción o las prebendas indebidas. Los funcionarios incapaces deben presentar su renuncia y la sociedad, responsablemente, exigirla.

4) De la mano con de la sociedad local, trazaría en cada municipio y en cada región la fórmula para evitar la entrada del crimen organizado o erradicarlo cuando sea el caso. Juntos seremos invencibles. No descartaría el apoyo del Ejército y la Marina cuando esto fuera necesario, procurando que este apoyo sea meramente transitorio. El Estado de Derecho debe ser la premisa sobre la que se apoye esta acción, y muchas otras

5) Gobierno de coalición que permita escuchar la opinión de otras fuerzas políticas y actuar en consecuencia. Procuraría arrancar con un Acuerdo Nacional en donde no sólo participen los partidos políticos, sino los representantes de la sociedad. Todo ello teniendo, como uno de sus propósitos, el transitar hacia una verdadera democracia participativa.

6) Muy cuidadoso sería en el impulso de las reformas estructurales para actuar con sensatez, ofreciendo sólo aquello que pueda cumplir y escuchando la opinión de las minorías y de la ciudadanía y sabiendo que El Congreso tiene la última palabra. La reforma fiscal debe impulsar el desarrollo y evitar ser una reforma meramente recaudatoria que irrite a los contribuyentes honestos. Debemos pensar en una reforma hacendaria -y no en una miscelánea fiscal- que incluya el manejo óptimo del gasto.

Al terminar mi gestión de seis años, como Presidente emanado de la ciudadanía y no de un partido político, sentiría haber cumplido con mi país si la pobreza hubiera disminuido drásticamente y, como consecuencia, la espantosa desigualdad en la que estamos inmersos.

Se vale soñar, y después de los 80 años de vida, estos sueños alimentan el espíritu.

*Presidente de Sociedad en Movimiento.