Opinión

Sí, un instituto nacional de elecciones

10 febrero 2014 4:29 Última actualización 27 septiembre 2013 5:2

Juan Antonio García Villa  Quienes residimos en alguna de las entidades que hasta la fecha no han registrado alternancia política, que son casi la mitad de las que forman la República, podemos dar testimonio de que en los procesos electorales vivimos dos realidades radicalmente diferentes. Los comicios locales casi en nada se parecen a los federales. Son como dos mundos aparte. En efecto, luego de más de ocho décadas sin alternancia en el partido gobernante, en esas entidades el tiempo parece como congelado. Caso típico el de Coahuila. Hermanos que a la vista de todos y sin el menor recato hicieron lo necesario para, con increíble cinismo, heredarse el gobierno. Lo demás es consecuencia natural de lo anterior. Así, a nadie debe sorprender que la legislatura local esté integrada por abrumadora mayoría oficialista. En primer lugar porque las curules de todos los distritos son monopolio del priismo, que de manera inflexible aplica el método del “carro completo” gracias a procesos regulados por normas adecuadas a ese fin y aplicadas naturalmente por un organismo –corrupto a más no poder, según insistentes denuncias– cuyo objetivo fundamental es hacer lo necesario para que el priismo –por las buenas o por las malas– siempre gane. Además, en la integración de esa misma legislatura aparecen sobrerrepresentados minúsculos partidos paleros, como resultado de una fórmula mañosamente diseñada para beneficiarlos. Y en contraparte castigar a la verdadera oposición, que con el 25-30 por ciento de la votación estatal la representa el mismo número de diputados locales que aquéllos –los paleros– con diez veces menos votos. En consecuencia, el Congreso local no pasa de ser una mera oficina de trámite, sometido en todo cual peón de estribo al gobernador en turno, con nombres de pila diferentes, pero idénticos apellidos. Lo demás de la pobre vida pública estatal no puede ser otra cosa que lo esperado: Jueces y tribunales sometidos; medios de comunicación (casi todos) cooptados y serviles; organismos intermedios atemorizados y callados; corrupción asfixiante; nula rendición de cuentas; opacidad de campeonato; endeudamiento estratosférico e incontrolado; la impunidad como regla; delincuencia desbocada (y tolerada, por decir lo menos) y un largo etcétera. Tan descomunal desorden se inicia en el ámbito de lo político. Concretamente en el régimen electoral. Téngase el control de éste, de ser necesario por los peores métodos, y todo lo demás resulta sencillo. Así de fácil. De ser así, no habrá poder humano que haga que las cosas marchen bien. De hecho todo es conforme a “la legalidad” y dentro del “marco jurídico”. Y en apariencia efectivamente así es. Por ello, para que la verdadera normalidad tome su curso hay que empezar por el principio, que naturalmente es lo electoral. Lo cual no será posible con las “autoridades electorales” que hoy tienen un buen número de entidades federativas. Curiosamente las que no han registrado alternancia. Razón por lo cual el PAN ha propuesto, y así está consignado en el Pacto por México, que un solo organismo electoral se haga cargo de todas las elecciones en México, tanto las federales como las locales. Que es un paso en materia de centralización, sí.

 

Pero al problema no se le avizora otra posible solución. Por ello se han rasgado las vestiduras y puesto el grito en el cielo los federalistas de ocasión. ¡Hipócritas!